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Entrevista:FAMILIA DELIBES | viene de primera página... la muerte de Delibes

"Delibes gritaba: 'Soy el más feliz"

- Miguel Delibes falleció el 12 de marzo de 2010, aunque él solía decir que había muerto en 1974, cuando perdió a su esposa, Ángeles.

Los 7 hijos, los 18 nietos y los 2 bisnietos de Miguel Delibes, muerto este año en Valladolid, se reunieron el otro día en un insólito homenaje ciclista al gran novelista que lanzaba su grito de mayor felicidad cuando bajaba la cuesta que le llevaba desde Sedano, en Burgos, a Molledo, en Santander, donde vivía su novia Ángeles, el amor de su vida.

Cuando bajaba esa cuesta, repuesto de la dificultad de la ruta gracias a un bocadillo de chorizo que se comía en la cumbre, el autor de El camino gritaba, como recuerda su hijo Adolfo: "¡Soy el hombre más feliz del mundo!"

Es el primer año de Sedano sin Delibes; aquí están los hijos, los nietos, los bisnietos; desde hace medio siglo este es el lugar de la felicidad de la familia; la abuela falta desde 1974; dicen que la melancolía de Delibes viene de esa pérdida; y con esa melancolía se fue a la tumba este año.

El novelista se fue con una melancolía; que el estadio Zorrilla no llevara su nombre

La familia no ha querido que el vacío marque el porvenir, y aquí están, animosos, deportistas, amantes de la naturaleza, risueños, burlones también entre ellos, dignos descendientes de un hombre que también fue todas esas cosas.

Y Delibes fue ciclista, claro, y amante del ciclismo. Aquella excursión que hacía para ver a Ángeles sirve ahora de emblema a una carrera ciclista que han organizado todos y que ha ganado Mateo, el nieto de 10 años, y de la que el hijo Miguel ha hecho la crónica como si estuviera escribiendo del Tour del que don Miguel era devoto.

La llamaron MAX. Primera clásica Sedano-Molledo. Max era como firmaba Delibes sus caricaturas; las iniciales significan Miguel, Ángeles, y la X era el futuro. El futuro son ahora estos ciclistas que hicieron los 100 kilómetros de la clásica para gritar en la meta lo que el novelista enamorado decía cuando ya había vencido su carrera en solitario: "¡Soy el hombre más feliz del mundo!"

La casa es el caserón que Ángeles se empeñó en tener, para vivir juntos en verano con la numerosa descendencia. De vuelta de un viaje a Chile, Delibes pensó que era bueno, además, tener una choza como las de los Andes, y ahí escribió muchos de estos largos veranos que ahora pasan sin él, pero siempre con su alargada sombra, la de su risa y también la de su pesimismo.

En la choza están algunos de los libros que leía, los innumerables termómetros con los que controlaba obsesivamente las temperaturas de donde habitara... Abajo, en un prado, oculto por la vegetación, está la pista de tenis en la que jugó incluso cuando ya había pasado los 80 años... Deportista y apasionado de cualquier deporte, les dejó a los hijos y a los nietos la rabia de que no asistiera al triunfo del fútbol español en Suráfrica; pero dejó también anécdotas que los hijos, y sobre todo Elisa, que fue quien se ocupó de él con la abnegación que él subrayó en su testamento, repiten con la diversión que debieron disfrutar cuando le escuchaban esos chascarrillos. "Qué gran tenista Nadal. ¡Lo menos que me gusta es que se toque tanto el culo!" Y cuando Nadal fallaba, comentaba: "¡Eso es que no se ha tocado el culo!".

Los hijos dicen que era un hombre pesimista. Aquí están, hoy con nosotros, en la paz de Sedano que él tanto quiso, Elisa, Ángeles, Camino, Adolfo; están desparramados por el mundo Miguel, Germán, Juan y, aparte de los nietos grandes como nuestra compañera Elisa Silió, están los bisnietos, está la nieta Ángeles, los yernos... La nieta Ángeles, hija de Elisa, que vivió toda la vida con don Miguel acaba de parir. El niño iba a ser Mario, como el padre. Será Miguel... Les oyes hablar y escuchas en ellos el eco divertido de un Delibes que aquí, en estas praderas, es, mucho más que el hombre que construyó un mundo novelesco desde lugares como Sedano; es el padre que llenó la vida de todos ellos a partir de un grito que ahora han repetido, como él, subidos a un sillín: "¡Soy el hombre más feliz del mundo!"

Ah, y se fue con otra melancolía: que el estadio Zorrilla no se llamara Miguel Delibes. "¡Si Zorrilla tenía tremenda avenida, y además, cuando él vivió no se había inventado todavía el fútbol!". Delibes era del Valladolid. Y del Madrid, aunque esto no lo decía mucho. El día de su entierro se enfrentaron, en Zorrilla, los dos equipos de Delibes, y ganó el que iba vestido de blanco.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de agosto de 2010