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verano húmedo

El vaivén

Salí dando un portazo y bajé a desayunar a la cafetería. El viaje no era lo que había imaginado. Nos habían bastado cuatro días para llegar a Florencia y darnos cuenta de que no podíamos estar juntos. Cuatro días para no hacer otra cosa que pelearnos.

Pensé, acodado en la barra ante mi segundo ristretto, que debía tomar alguna decisión. Sentía un turbio deseo de venganza. Quizá lo mejor fuera separarnos, continuar el viaje yo solo y buscar otras compañías. Poco podía imaginar que el azar estaba ya repartiendo sus cartas.

Un rato después caminaba sin rumbo por la ciudad cuando la bocina de un coche me hizo volver la cabeza. Entonces la descubrí. Salía de una tienda de ropa poniéndose unas gafas de sol, y se alejó por la acera dando amplias zancadas y haciendo resonar los tacones. Llevaba una blusa evanescente de un rojo intenso, y unos pantaloncitos blancos muy cortos que dejaban al aire sus largas piernas. La vi marcharse, con aquella melena oscura que le llegaba casi hasta la cintura, y tomé la decisión inmediata de seguirla.

Caminé un par de manzanas tras ella sin pensar en nada, tan solo observando el contoneo de sus caderas. Hasta que, al llegar a la Piazza della Signoria, se sentó en una terraza. Yo me quedé en la bocacalle, sin saber qué hacer. Ella había cruzado las piernas y bebía té con hielo. Poco después se sentó un hombre a su lado. Empezaron a charlar y a reírse.

Cuando se levantaron fui tras sus pasos. El hombre la cogió con suavidad de la cintura. Caminamos hasta llegar a una casa de una sola planta ante la que había un pequeño patio con un limonero. Entraron. Me encontré solo en aquella calle estrecha y desierta, observando la puerta cerrada de la casa.

A punto estaba de irme cuando una risa apagada, en el interior, me atrajo de manera irresistible. Entré en el patio y me asomé a una ventana. Estaban los dos desnudos sobre una cama, ella a horcajadas encima del hombre, inmovilizándole los brazos contra la almohada. Con su larga melena le acariciaba las mejillas. Movía las caderas con suavidad, como el vaivén de las olas. Poco a poco, aquella suavidad se fue acelerando, hasta que ella dejó escapar un gemido que sonó a euforia, a ansiedad, a desazón, y se desplomó sobre su amante moviendo frenéticamente la pelvis.

Tal como esperaba salió sola un rato después, caminando con decisión sobre sus altos tacones. La seguí de cerca, y cuando entró en el hotel De Lanzi yo lo hice detrás. La vi recoger la llave en recepción y meterse en el ascensor. Subí corriendo por las escaleras. No quería violentarla, pero tampoco podía reprimirme. Alcancé a ver cómo abría la puerta y llegué a tiempo para evitar que la cerrara. Ella me miró sorprendida e inició un gesto de rechazo.

- No quiero volver a pelearme contigo -le dije.

La cogí por las caderas y la atraje hacia mí.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 24 de agosto de 2010