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COLUMNA

Negro y en botella

Discuten estos días los alcaldes de varios pueblos de Madrid sobre si ponerle o no puertas al campo de lúdica batalla donde las juveniles tribus celebran los ritos iniciáticos del botellón. La creación de botellódromos, a modo de reservas indias vigiladas por los cuchillos largos del municipio, se plantea como fórmula para paliar los daños vecinales y medioambientales que los neófitos discípulos de Baco suelen provocar cuando acceden al etílico trance, pero advierten los críticos de los peligros de comprimir en espacios acotados tanta energía reprimida por miedo a que se produzca una reacción en cadena, una deflagración incontrolada cuya onda expansiva sacuda los cimientos de la convivencia cívica, una batalla campal de átomos cargados de hormonas y embebidos de alcohol. Ocurre a menudo en las fiestas de agosto, en las grandes concentraciones festivas que aglomeran a miembros de diferentes clanes, aborígenes de los pueblos vecinos e hijos del asfalto capitalino, nativos y forasteros convocados por el ritmo sincopado del tamtan electrónico a la celebración del gran calimocho o kalimotxo, como escriben los que sitúan la feliz invención de este brebaje en las tierras de los vascos.

Los adictos del 'botellón' beben para olvidar y olvidarse, para ponerle un velo a la cruda realidad

La bebida sacramental de estos aquelarres, o akelarres, en su versión básica, se compone de vino peleón y coca-cola, negro y en botella. Ni los más avezados especialistas en marketing, o márquetin (como escribe el maestro Ferlosio) habían previsto la creación de esta pócima, cubalibre de pobres y antiguo consuelo de reclutas. La chispa de la vida endulza los primeros escarceos con el alcohol que amargan las primeras cervezas. Los catecúmenos en masa ingieren el mejunje no por el dulce sabor, ni por apagar la sed, beben y beben y vuelven a beber para embriagarse cuanto antes, para colocarse al margen de sí mismos y de la realidad sin filtros, de sus rutinas y de sus sumisiones.

Tiemblan en vísperas los ediles de los pueblos de Madrid, preocupados de que sus fiestas estivales y patronales acaben en las cabeceras de los diarios y los telediarios, no por sus méritos ni por sus créditos sino por sus desmanes y algaradas. El botellódromo, piensan sus valedores, facilita el control de los incontrolados y la represión de los que abandonaron sus represiones tras el undécimo trago.

Los macrobotellones de los botellódromos tienen este año un peligro añadido. Informan los periódicos que a consecuencia de la ubicua crisis se detecta la aparición en estos escenarios adolescentes de individuos adultos, expulsados por sus carencias económicas de pubs y discotecas, terrazas y bares. Nadie los ha invitado, desde luego a ninguno de los jóvenes botellonistas se le ocurriría invitar a sus padres a sus bacanales sabatinas o festeras. El encuentro intergeneracional podría cambiar las relaciones familiares: padres e hijos unidos alrededor de un mismo gollete, compitiendo por mantenerse en pie tras el trasiego etílico, hijos llevando a rastras a sus progenitores derrotados, o apoyándose los unos en los otros para mantener el precario equilibrio.

Para contener los devastadores efectos de estas mareas, algunos ediles han tratado sin éxito de organizar actividades alternativas, abrir los polideportivos, proyectar películas de culto juvenil, programar competiciones de videojuegos... Iniciativas todas condenadas al fracaso, los adictos del botellón beben para olvidar y olvidarse, para ponerle un velo vidrioso a la cruda realidad cotidiana, a la falta de expectativas de futuro. O tal vez es posible que beban para afirmarse en la euforia alcohólica y plantarle cara al mundo oscuro y yermo que sus padres y otros padres de la Patria prepararon con tanto esmero para ellos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 11 de agosto de 2010