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estereotipas

MARI CASTAÑA

Hoy me tiño. Esto ya pasa de castaño oscuro. Lo mío no es una raíz, es una autopista de tres carriles con arcenes y mediana incluida. Las mechas son como los problemas. Crecen. Lo vas dejando, lo vas dejando y un día te llega el marrón al cuello. O el gris. O el caoba. O el negro. Entre las canas y los tintes ya no sabe una de qué color tiene el pelo. Yo solía ser castaña, jura mi madre, pero ya no me acuerdo. Y ella del suyo, tampoco.

Si echara cuentas de lo que me cuesta tenerla presentable, me afeitaba la cabeza a lo Sinead O'Connor. Pero ya no tengo edad. Unas buenas capas todo lo tapan. Hasta ella, tan iconoclasta, lleva ahora una media melenita de monja seglar que ríete tú de la de Angela Merkel, para lo que ha quedado. En casa tienes el asunto medio controlado. Es cuestión de infraestructura. Material: champú, mascarilla, acondicionador, suero, espuma, laca. Y técnica: secador turbo, ultradifusor, plancha de iones. Todo por un pelo natural, libre, como secado al sol, que dicen los anuncios. Y vas tú y te lo crees.

Lo malo son los viajes. Los hoteles de negocios no están pensados para mujeres. No sé cómo Aído no ha caído. Vengo de Bilbao, de uno de esos tan modernos y tan monos. Mucha high-tech y mucho wifi, pero el aseo era un erial. Un gel de cuartel, un champú de batalla y un secador de la Señorita Pepis, para de contar. Así salí. Con el pelo a pelo. Como para echarme a los leones. O como el león propiamente dicho. Cuando mejor quieres ir, peor te queda. O pareces Evo Morales o el chiquito ese que canta Algo chiquitito. Depende de la cal del agua y la humedad del aire. Nieva, el dramaturgo, sabía lo que hacía al escribir Pelo de tormenta. Eso sí que es un dramón y no Hamlet.

Al menos, las crisis de peinado son democráticas. Mira el arco parlamentario. Leire y María Teresa a la izquierda. Dolores y Soraya a la derecha. Y Bono, a la cabeza. Sus señorías sudan tinte. Ellos y ellas, no es cuestión de género. Ni de clase. Ahí tienes a Tita Thyssen y su cardado autogestionario. O a Carolina en la boda de Letizia. Tan divina, y tan humana. Hannover le dio la noche madrileña y con esos pelos el chanelazo se le quedó en nada.

Yo de hoy no paso. Tengo hora con mi peluquero estrella. Cuesta más quedar con él que con Benedicto XVI. De liturgia andan así, así. De amanerados, también. Y de falsos. Te deje como te deje, dice que estás ideal. La cosa es que parezca un milagro. Así lo cobra. Ya estoy. Parezco otra. Ya pueden, después de tres horas de reloj y 150 de vellón. Total, para llegar a casa y que el otro te salte: "¿Has ido a la peluquería? ¿Y qué te has hecho?". Así le luce el pelo. Esta noche, tampoco.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 9 de agosto de 2010