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Música

Muti reina en Salzburgo

El director italiano dirige 'Orfeo y Eurídice' y se convierte en la estrella del festival, que celebra su 90º aniversario con una gran exposición

El 22 de agosto de 1920 se inauguró el Festival de Salzburgo con una representación de Jedermann, de Hugo von Hofmannsthal, dirigida por Max Reinhardt. Se habían hecho antes otros espectáculos en la ciudad natal de Mozart, pero es este momento el que se considera oficialmente como el punto de partida. Una gran exposición que lleva por título Das grosse Welttheater (El gran teatro del mundo) en la Neue Residenz, complementada por más de una docena de paneles en diferentes espacios emblemáticos de Salzburgo, hunde sus raíces en el recuerdo de las vicisitudes del festival: los orígenes, los años de control del nacionalsocialismo, la época de Herbert von Karajan, los nuevos aires introducidos por Gérard Mortier, el pasado reciente. Hay materiales documentales y testimonios escenográficos de gran importancia. El espectador se da cuenta enseguida del peso cultural de una manifestación que convoca a espectadores de 86 países, de los cuales 43 son de fuera de Europa (datos de 2009).

El napolitano estuvo colosal al frente de la Orquesta Filarmónica de Viena

La puesta en escena de Dietern Dorn es de una cursilería casi ofensiva

Hasta cierto punto supone también una recuperación histórica la ópera Orfeo y Eurídice, de Gluck, que anteayer dirigió magistralmente Riccardo Muti después de más de medio siglo sin representarse en Salzburgo, entonces de la mano de Karajan. Bien es verdad que Gardiner había estado al frente de una versión concertante, con su orquesta y coro habituales, en 1990, pero para la escena, esta ópera estaba prácticamente desaparecida, después de una década como la de los treinta en la que Bruno Walter la había dirigido en 1931, 1932, 1933, 1936 y 1937, bien con la puesta en escena de Karl Heinz Martin o bien con la de Margarete Wallmann. De 1938 a 1944 fueron los años de influencia nazi. Únicamente Krips y Karajan la dirigirían hasta 1959 despues de la muerte de Hitler. Muti ha tomado el relevo.

La ópera de Gluck lleva asociada en la memoria colectiva el aria de Orfeo Che faró senza Eurídice?, que Elisabeth Kulman cantó con sensibilidad. Con el maestro Muti deberíamos señalar algo parecido: "¿Qué haríamos sin Muti?". La verdad es que el director napolitano se ha convertido en la estrella mediática del festival. Figura como el mejor director de orquesta en la encuesta anual de la revista Festspiele, por encima de Abbado y Thielemann; a comienzos del otoño afronta los conciertos inaugurales como director de la Sinfónica de Chicago; dirige el Festival de Pentecostés de Salzburgo, y se va a hacer cargo de la Ópera de Roma. Hace un par de décadas se le veía como el sucesor de Karajan en Salzburgo y en el camino se cruzó Mortier. Ahora los dos son buenos amigos. En la nueva producción de Orfeo y Eurídice, Muti estuvo colosal al frente de la Filarmónica de Viena. Los cantantes se mostraron tan correctos como distantes, el Coro de la Ópera de Viena realizó una prestación admirable y Dietern Dorn presentó una puesta en escena de una cursilería casi ofensiva, con una coreografía de Ramses Sigl tan pretenciosa como inoportuna.

Una parte del espectáculo estaba, en cualquier caso, en la sala. Aunque días antes se había representado la nueva ópera de Wolfgang Rihm, la presencia de Muti y la Filarmónica de Viena confería a la representación de Orfeo y Eurídice el ambiente de "verdadera" inauguración del festival. Era, cómo decirlo, la imagen del imperio de lo efímero, del poder económico, de la necesidad de ostentación en tiempos de crisis. Al final de la función había alineados a la puerta un par de docenas de audis de lujo y se veían procesiones encabezadas por distintivos comerciales, con grupos de personas de lujosos vestuarios a la velocidad que permitían los supersónicos zapatos de tacón de ellas, encaminándose al ascensor de la montaña del Monchsberg para allá arriba, en el restaurante del Museo de Arte Moderno, participar en cenas con vistas. Obviamente todo el mundo se paraba en la calle para contemplar los cortejos.

Hablando de restaurantes hay que señalar la inauguración del Schmederer, que ha costado la friolera de seis millones de euros, y el éxito absoluto en el Hangar 7 del aeropuerto del Celler de Can Roca, en julio, en una temporada que ha pasado por allí hasta el Noma de Copenhague. Luego todos los grandes chefs van a comer al Zur Plainlinde, de Stefan Brandtner, un restaurante sencillo, a las afueras, ajustado de precios y con una calidad excepcional. Pero eso es otra historia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de agosto de 2010