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Crítica:Llamada en espera

Confort

Hay que ver la manía que tienen los grandes arquitectos de hacer sillas durísimas y sofás sin respaldo. Ya sé que el confort de toda la vida, los muebles mullidos y las sillas blanditas, no es fotogénico: lo que busca el "proyecto moderno" es crear espacios

y enseres que den bien en las revistas especializadas. Se trata de mostrar habitaciones limpias, sin trastos, porque los trastos son una vulgaridad. La cosa es que cada vez que me toca estancia en espacio amueblado con artefactos "de alto diseño" acabo con un dolor de espalda inaudito. La culpa es mía, seguro, que tengo tendencia a la lumbalgia. Además siento una animadversión reconocida hacia el "proyecto moderno" que me parece tan autoritario y machista como la peor propuesta victoriana. Sí, me

cae superantipático el "proyecto moderno" y sus protagonistas. Incluso Alvar Aalto —que firmó alguna que otra silla cómoda, diseñada por sumujer Aino, fijo—o Le Corbusier —cuya mítica chaise longue es de Charlotte Perriand—me parecen un poquito

manipuladores con las mujeres —y las espaldas— a su alrededor.

El caso es que invitada por unos amigos, propietarios de una mansión de líneas hiperlimpias, tras buscar infructuosamente un respaldo,me vi obligada a pedir un Ibuprofeno para calmar el terrible dolor entre la L1 y L2. Cuando elmarido, excelente anfitrión, se preocupó por mi salud, le confesé con pudor mi nostalgia hacia una superficie cómoda en medio de su casa deslumbrante y entonces, a media voz, me pidió que le siguiera hasta una habitación trasera, donde un sofá corriente restableció el equilibrio de mi columna como la mejor sesión de Pilates o Alexander. "Aquí no entran las visitas", dijo con sonrisa maliciosa.

Entonces empecé a pensar si en cada casoplón del "proyecto moderno" habría una habitación trasera donde no entraban las visitas porque, la verdad, conocemos las casas de Mies o de Aalto sólo a través de la foto. Imaginaba de pronto a los grandes de

la arquitectura recogiendo a todo correr para dejar el espacio impoluto, listo para la instantánea, y me causaba ternura. Los ricos también lloran. Quizás en todas las casas, incluso en las diseñadas a partir de las exclusiones, existe siempre una casa paralela

—la zona del servicio, el cuarto de los niños, el de la televisión, un trastero…—; existe esa otra casa donde lo cotidiano se hace extraño —o todo lo contrario—.

Con estas reflexiones y una espalda muy mejorada me dirigía hacia el Barbican Center de Londres, donde se exponen una serie de objetos, arquitectura, cine e imágenes de muebles imposibles —desde fotos de Claude Cahun hasta obras de

Bourgeois, Dalí, Rem Koolhaas, Búster Keaton o el famoso colchón sexual de Sarah Lucas—. La casa surrealista es una muestra casi fantasmagórica, imposible, inesperada, pero a mí me da menos miedo que los hogares impolutos de la funcionalidad,

fetiche último de la noción de confort del "proyectomoderno" y sus contradicciones, coloniales incluso.

Es la reflexión que Judi Werthein lleva a cabo en el cortometraje The Funcional Family, rodado en la casa Sonneveld, considerada ejemplo del funcionalismo holandés: en su propuesta la dislocación se lleva a cabo cuando el espacio aparece habitado por una familia de color que remplaza a los propietarios originales, repitiendo sus gestos en el espacio del confortmoderno. Pueden ver esta obra en una exposición inteligente que reflexiona sobre algunos de los problemas del imaginario capitalista, Fetiches críticos, comisariada por el colectivo El Espectro Rojo —Mariana Botey, Helena Chávez y Cuautéhmoc Medina—. Estará hasta final de agosto en el Centro Dos de Mayo y es una reflexión llena de ironía ácida que seguro les va a hacer pensar y hasta les va a arrancar una sonrisa—amarga, como ocurre con la lógica del mercado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 31 de julio de 2010