Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica:la lidia

La difícil prueba del algodón

El festejo estuvo precedido por algunos momentos sentimentales, de esos que te ponen los vellos de punta si eres de lágrima fácil. Minutos antes de las siete, hora de comienzo de la corrida, se pidió silencio por los altavoces y dijo una voz popular: "Se informa a los señores aficionados que la banda interpretará durante el paseíllo Els Segadors, el himno de Cataluña, para demostrar que los toros son de Cataluña". Pues, vale... Si usted lo dice... El público irrumpió con una atronadora ovación, pero hay que reconocer que el autor de la frase se cubrió de gloria. El director, impaciente, atacó con las notas musicales antes de que los alguacilillos se hicieran presentes en el ruedo. Los espectadores, de pie, respetuosos, entre emocionados y festivos, escucharon el himno que acabó con la apoteosis final, entre gritos de "libertad, libertad" y senyeras al viento.

TORREHANDILLA / EL CID, EL FANDI, TALAVANTE

Toros de Torrehandilla, -el cuarto como sobrero-, muy justos de presentación, inválidos y muy nobles.

El Cid: estocada algo trasera (dos orejas); pinchazo hondo y dos descabellos (ovación)

El Fandi: estocada baja (oreja); estocada baja (dos orejas).

Alejandro Talavante: pinchazo, media y tres descabellos (silencio); pinchazo y estocada (ovación).

Plaza Monumental de Barcelona, 25 de julio. Algo más de un cuarto de entrada.

Nada quedó para el recuerdo, todo fue de una pobreza lamentable Lo de ayer nunca debió celebrarse. O es la triste realidad que no se quiere ver

Salen, por fin, las cuadrillas -obligada ovación de los turistas a los dos señores de negro montados a caballo-, y transcurre el paseíllo entre el jolgorio general. Pero quedaba la sorpresa de la tarde: cuando desaparecen los picadores por la puerta de cuadrillas hacen su entrada en el ruedo unas cincuenta personas portando banderas catalanas y pancartas alusivas a la defensa de la fiesta; dan la vuelta al ruedo con despaciosidad y alegría, mientras la plaza entera jalea la iniciativa. Curiosa e insólita manifestación de apoyo, -ilegal a todas luces, pues el ruedo es exclusivo de los toreros-, pero comprensible en estos momentos de grave incertidumbre taurina en esta Comunidad.

Antes de la procesión, sobre las cinco y media de la tarde, se celebró en los aledaños de la plaza una concentración de unos 150 aficionados, que se enfrentaron verbalmente a varias decenas de antitaurinos con un cruce permanente de insultos y algún amago de enfrentamiento que impidió la policía. El asunto no llegó a mayores y hubo escaso material informativo para la pléyade de periodistas -casi tantos como manifestantes- que se dio cita y que aprovecharon la presencia del diestro Serafín Marín para convertirlo en portavoz de los aficionados.

En fin, todo muy bonito y reivindicativo. Todo hubiera sido muy interesante si la tarde hubiera superado la difícil prueba del algodón. Es decir, si en la calle se hubieran reunido miles de personas y, sobre todo, si la Monumental hubiera colgado el cartel de "no hay billetes". Si eso ocurre, más de un diputado catalán se lo piensa dos veces antes de emitir su voto pasado mañana. Pero, no. La afición catalana es muy exigua, casi testimonial, y prueba de ello es la paupérrima entrada que registró la plaza. Es innegable el cariño por la fiesta que demuestra esta buena gente que se desgañita por el mantenimiento de una tradición que ve esfumarse en el inmediato horizonte. Pero el algodón, amigo, no engaña...

Y comenzó la corrida. Llamémosle, por ser generoso, simulacro, verbena o charlotada. Salieron unos toretes nobilísimos, docilones, blanditos y con caras de gatitos domésticos; y allí hubo tres señores vestidos de luces que dieron una infinidad de pases insufribles entre la algarabía de un público excesivamente indocumentado. Entre la presidencia, que parece de juguete y no aguanta ni la presión de una pluma, unos toreros sin gracia, comodones y ventajistas, y unos tendidos de plaza portátil, el resultado no puede ser más lamentable. Nada quedó para el recuerdo, algún muletazo aislado, quizá, pero todo de una pobreza lamentable.

Barcelona merece otro tipo de corrida. Merece respeto. Su historia está henchida de grandes toreros, de toros bravos y tardes de gloria. Lo de ayer nunca debió celebrarse. O, quizá, es la triste realidad que no se quiere ver. Esta fiesta sin exigencia es una pantomima, a pesar de la alegría de El Cid tras un triunfo de poco peso, en el que mezcló secuencias de cierta altura con una alarmante irregularidad; a pesar del ilusionado afán de El Fandi, que no dio una a derechas con las banderillas y muleteó entre el silencio general; a pesar de ese quiero y no me sale de un Talavante que deja siempre la miel en los labios.

Una triste pena, pero el algodón tiene eso... Que no engaña...

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 26 de julio de 2010