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cine

El juguete elevado a obra de arte

Después de excesivo tiempo fatigoso, aséptico, irritante o desolado para ese acto que siempre debería ser anhelante y feliz y que consiste en ir al cine, llega una película que colma expectativas, de la que sales sonriente y conmovido, que justifica el precio de la entrada. Pertenece a un género que nunca estuvo inscrito en los templos del arte más trascendente, que asociamos a los inolvidables placeres de la infancia, sin consistencia para los que la dejaron atrás. Se titula Toy story 3 . Es cine de animación, que es como ahora denominan a los eternos dibujos animados. Gracias a una factoría genial llamada Pixar, equivalente en imaginación, estilo, narrativa, atmósfera y talento a las fábricas de hacer películas más impresionantes que han existido (pongamos que hablo de RKO), creadora de una marca que pueden disfrutar los críos, pero que ante todo va dirigido a las neuronas y la sensibilidad del público adulto.

Este universo de muñecos representa la esencia del mejor cine de siempre

Si haces memoria, es difícil encontrar en los últimos veinte años un ejemplo tan maravilloso de cine puro y mudo como la primera parte de Wall-E (digna de Keaton y Chaplin), una forma tan primorosa de cómo contar una vida entera, de los juegos pletóricos y los aventureros sueños de infancia a la resignada tristeza y la soledad de la vejez, como en los diez minutos iniciales de Up, una comedia tan deliciosa como Los increíbles, esa familia de superhéroes consecuentemente deprimida al intentar integrarse en la normalidad. John Lasseter, alma de Pixar, y la hemorragia de inteligencia y creatividad que caracteriza a sus huestes, ya están más allá del elogio. Es paradójico que este universo de muñecos animados, junto a HBO, esa admirable productora de series de televisión, representen actualmente las esencias del mejor cine de siempre, el que no precisa de modas, el perdurable.

Pixar imaginó hace un montón de años en Toy story que los juguetes tenían vida, cerebro y sentimientos. En la tercera y sospecho que definitiva entrega de la saga, los juguetes lo tienen crudo, ha llegado su invierno, corren peligro de jubilación en el mejor de los casos, de acorralamiento, desecho y extinción en el peor. Su dueño ha crecido, se larga a la universidad, no hay sitio para que le acompañen los que durante tanto tiempo le hicieron feliz. El miedo y la incertidumbre de los juguetes está justificado. Les amenaza el trastero, o nuevos y desconocidos dueños, o la indeseada compañía en una guardería de otros de su misma especie que están resabiados y les encanta tener esclavos, o la trituradora, o el temible olvido de su poseedor ancestral. Deben elegir entre supervivencia y lealtades presuntamente inquebrantables.

El frenético arranque de Toy story 3 es deudor de la última cruzada de Indiana Jones. Pero también hay comedia loca. Y terror (ese oso paternal que huele a fresa, ese bebé monstruoso), aventura, piedad, humor, tensión. También puede humedecerte los ojos. Ninguna vergüenza por ello. No falta ni sobra nada en esta obra maestra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de julio de 2010