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COLUMNA

Juego limpio

No recuerdo que en ninguna de las legislaturas anteriores se produjera una contradicción de tanta magnitud entre las previsiones que se formularon por los partidos políticos en los programas electorales con los que concurrieron ante los ciudadanos para pedir su confianza para gobernar y lo que ha ocurrido con posterioridad. Ninguno de los partidos contempló un crecimiento del PIB que no girara en torno al 3%, décima arriba décima abajo, en lugar del descenso superior al 3% que se ha producido y, en consecuencia, ninguno contempló el brutal crecimiento del paro, la elevación de la tasa de morosidad y todos los demás males a los que nos estamos teniendo que enfrentar.

Esta es, en mi opinión, la mayor singularidad, desde una perspectiva política, de la crisis por la que estamos atravesando. Crisis de una magnitud similar a esta las hemos vivido en España desde la transición. El estancamiento con una inflación del 30% a finales de los setenta llegó a poner en cuestión la posibilidad misma de que se pudiera aprobar la Constitución y, posteriormente, hemos llegado a tener tasas de paro superiores a las que ahora mismo tenemos con una población activa mucho menor y con una tasa de cobertura de los desempleados muy inferior.

Lo que diferencia a esta crisis de las anteriores es que nadie la previó y, en consecuencia, nos ha llegado sin que estuviéramos preparados para hacerle frente. Estábamos preparados para todo lo contrario. De ahí que se haya tenido que dar un viraje de 180 grados en la política económica y que se hayan tenido que adoptar medidas que jamás se había pensado que se tendrían que adoptar.

Obviamente, ello ha conducido a que el partido que está en el Gobierno tenga que hacer una política que no solo no coincide sino que puede llegar a estar en contradicción con el programa con que compareció ante los electores y con base en el cual se hizo la investidura. No solamente ha ocurrido en España y en Andalucía, pero le ha ocurrido al PSOE y al PSOE-A. Hay un punto de verdad, en consecuencia, en la argumentación del PP de que el PSOE no tiene un mandato electoral para hacer lo que está haciendo.

Nada habría que objetar a esa posición del PP si, al mismo tiempo, estuviera dispuesto a dirigirse a los ciudadanos a fin de explicarles en qué medida se ha producido el desajuste entre lo que ellos mismos previeron en su programa electoral y lo que posteriormente ha sucedido y, sobre todo, qué es lo que proponen para hacer frente a esta crisis sobrevenida, a fin de que el cuerpo electoral pudiera vislumbrar que si el Gobierno no sabe qué hacer, al menos sí hay una alternativa que tiene una política clara para sacar al país de la situación en que se encuentra.

Si la crisis es de la magnitud que es y si la desorientación del Gobierno es la que el PP dice que es, la alternativa de Gobierno debería hacer visible a los ciudadanos que ellos sí disponen de una política coherente para el país y para Andalucía y que son capaces de articularla y presentarla en sede parlamentaria a fin de que pueda ser discutida y, en consecuencia, la inseguridad ciudadana disminuya.

Una mínima exigencia de juego limpio debería conducir a que el PP presentara una moción de censura, a través de la cual el cuerpo electoral pudiera comprobar que, frente a la desorientación del Gobierno presidido por José Antonio Griñán, existe una alternativa clara que es la que representaría un Gobierno presidido por Javier Arenas. Independientemente de que la moción triunfara o no, es obvio que todos estaríamos mucho más tranquilos al saber que, en poco tiempo, tendríamos garantizada la salida de la crisis, el crecimiento del PIB, el descenso del paro y todo lo demás. Para eso está la moción de censura "constructiva" en el Estatuto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de julio de 2010