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Reportaje:música

Una catedral musical en miniatura

El 'Mona Lisa de los violines' se vende: su precio, 14 millones, hace de él el más caro de la historia. Lo creó Giuseppe Guarneri en 1741 y fue acariciado por los dedos de Menuhin, Perlman y Vieuxtemps

Las crónicas venecianas hablan a menudo de la paciente espera que debían cumplir los luthiers en los muelles. Allí aguardaban el regreso de las naves procedentes de las Indias, que traían maderas exóticas de las que había que conseguir la mejor partida. Los días de convivencia portuaria, desde luego, no eran siempre apacibles, ya que cada artesano procuraba hacerse con lo mejor de tan preciado material. Una vez llegada la madera a tierra, la retiraban raudos para evitar que fuera mojada, dado que los marineros echaban sobre ella toneles de agua salada con el fin de fortalecerla e impedir así la polilla, cosa que la haría inservible para el uso musical.

Sin duda, entre aquellos violeros debía de encontrarse alguno de los miembros de la familia Guarneri, cuya dinastía contribuyó a prestigiar la llamada escuela de Cremona, ciudad en la que trabajaron los ilustres Andrea Amati y Antonio Stradivari. Precisamente, el primero de ellos fue maestro de Andrea Guarneri, cabeza de una saga insigne de constructores de violines que halló su culminación en el controvertido Giuseppe Antonio (1698-1744), artífice de unas joyas violinísticas que rivalizan con todo merecimiento, al menos las concebidas en su último periodo creativo -a partir de 1730-, con las del mencionado Stradivari.

Es un prodigio técnico y el testimonio de una época de esplendor

El buen uso de la mejor madera, el corte y el adecuado secado, sin olvidar la importante factura del barniz, contribuyen a la obtención de un buen violín, pero su excelencia, su magia, radica primordialmente en la exacta proporción de las formas, en los estudiados grosores de las paredes y en la sabia distribución de fuerzas que deben soportar las superficies abovedadas del instrumento. De hecho, una caja armónica como la del violín no deja de ser como un templo en miniatura, una nave cuidadosamente labrada, pensada milímetro a milímetro, en la que todo debe resonar en armonía y equilibrio plenos. Y eso es lo que consiguió de manera deslumbrante Giuseppe Antonio: piezas maestras cuya arquitectura genera auténtica sonoridad, una sonoridad que se amplifica, nivela y proyecta con inaudita nitidez y a una gran velocidad.

Las manos de este artista, llamado Giuseppe del Gesù porque en sus etiquetas figuraba el monograma IHS, consiguieron plasmar en toda su dimensión la idea barroca según la cual el sonido debe dibujar el espacio que recorre, y así también realzarlo para que la melodía llegue al oído no solo como música, sino como depuración de esta. En tal sentido, puede señalarse que Guarneri del Gesù representa y consuma un ideal, y que ejemplifica en su expresión más alta la poética de una nueva forma de hacer música, que tuvo su exponente en compositores como Vivaldi o Bach.

No es extraño que, transcurridas las generaciones de violinistas, el valor de un instrumento construido por este artista continúe en alza, porque adorna y facilita sobremanera el arte de un intérprete. Eso explica que uno de los violines salidos de su taller estuviera en manos de Niccolò Paganini, y que, ya en el siglo XX, hubieran tocado ejemplares suyos tan esenciales nombres del mundo violinístico como los de Arthur Grumiaux, Jascha Heifetz, Isaac Stern, Henryk Szeryng y Pinchas Zukerman. El violín puesto a la venta, un diamante de la acústica, perteneció al virtuoso belga Henri Vieuxtemps, que viajó por toda Europa y Estados Unidos levantando admiración con su inseparable Guarneri. Vieuxtemps decía que su "estimado amigo" le ayudaba a hacer la mitad del trabajo.

El valor de este violín tan único no reside únicamente en su calidad, en su prodigiosa concepción técnica, sino también en ser el testimonio elegido de una época de esplendor musical. Su existencia demuestra cómo la materia, tratada con inteligencia, puede transformarse en algo que depara espíritu. Aunque haya sido pagada por él una cantidad ciertamente elevada, su valor es difícil de cifrar. Y, sin embargo, Guarneri, que vivió una vida tormentosa, murió en la cárcel sin descendencia y despojado de todo.

Ramón Andrés es autor de Diccionario de instrumentos musicales. Desde la antigüedad a J. S. Bach (Península). Su última obra es No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio (Acantilado).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 20 de julio de 2010