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Reportaje:SUDÁFRICA 2010 | Octavos: Alemania-Inglaterra

Hurst y 'Pickles', el fútbol y sus héroes inesperados

El ariete, novato y suplente en el 66, tumbó a Alemania en la final con un 'triplete' del que no se enteró hasta horas más tarde - El perro que, tras haber sido robada, encontró la Copa en un matorral de Londres, pudo lamer los platos del banquete inglés

"La gente piensa que el partido se ha acabado, pero... Ahora sí". Kenneth Wolstenholme, el popular comentarista de la BBC, no advirtió desde su cabina en Wembley que también Geoff Hurst, el inesperado héroe inglés de la final de 1966, pensaba que el encuentro había finalizado en el momento de anotar su tercer gol ante Alemania. El árbitro, el suizo Gottfried Dienst, había pitado una falta en el minuto 120. La hinchada británica interpretó que se había bajado el telón y se echó al césped. Hurst, no obstante, avanzó y pateó la pelota con fuerza. "Solo quería alejarla lo más posible para ganar tiempo, el balón entró pero pensé que no valía por la invasión de campo", confesaría más tarde el propio Hurst, poco después Sir y miembro de la Orden del Imperio Británico. Suplente y novato al inicio del campeonato, su cuento de hadas aún no tenía fin.

Hurst se fue a la ducha convencido de que había marcado dos goles. Algunas versiones de la época apuntaban que no supo de su triplete -el primero y último en la historia de las finales- hasta el banquete posterior. Él contaría recientemente que se enteró de forma mucho más bucólica. Tras los fastos en la caseta, Hurst pisó de nuevo Wembley, ya esquelético, en silencio, en búsqueda de nuevas emociones, esta vez en la intimidad. En su paseo por el campo le sobresaltó ver el marcador: 4-2, tres goles de Hurst. De hecho, el ariete inglés ni siquiera se llevó el balón, el botín que siempre se lleva el autor de tres o más tantos en un partido. Años después de aquella final, el alemán Haller, que había anotado seis tantos en el Mundial, tres menos que el portugués Eusebio, lo devolvió. El balón está hoy en el Museo Nacional del Fútbol de Preston. A Hurst no debió importarle un rábano. Al día siguiente de la final que le glorificó de por vida, cuando los periodistas invadieron su casa, él estaba cortando el césped, como un vecino cualquiera en una rutinaria mañana dominical.

Geoff Hurst había nacido en Ashton-unde-Lyne, en Lancashire, al noroeste de Inglaterra el 8 de diciembre de 1941. Era hijo de un ex modestísimo jugador inglés y, pese a ello, dio sus primeros pasos en el críquet, con pésimos resultados. En el fútbol le fue mejor, aunque nadie podía vaticinar su celebridad. Entre 1959 y 1972 jugó en el West Ham United, donde compartía vestuario con Bobby Moore, el gran capitán inglés, inmortalizado con una estatua a la entrada de Wembley, y Martin Peters, autor del 2-1 en la final ante los alemanes. Hurst era un extremo al que Ron Greenwood, mítico entrenador de los hammers, convirtió en ariete, en un delantero fortachón y algo tosco. No llamó la atención de Alf Ramsey, seleccionador inglés, hasta cinco meses antes de iniciarse el Mundial británico. Alemania siempre fue una constante en la carrera de Hurst, que debutó ante los germanos (23-2-66) y cerró su carrera internacional frente a ellos (29-4-72). Para Ramsey, Hunt, del Liverpool, y Jimmy Greaves, el prodigioso goleador (422 tantos en 604 partidos profesionales) entonces en el Milan, eran los titulares.

Hurst llegó al Mundial como un subalterno. No jugó los tres primeros partidos, ante Uruguay, México y Francia, pero una lesión de Greaves ante los galos le abrió las puertas. Le tocó debutar en un encuentro volcánico, con un cruce de navajas constante. Inglaterra se medía a Argentina, un partido selvático resuelto por un gol de Hurst de cabeza. "No nos intercambiamos las camisetas con animales", proclamaría Ramsey, fuera de sí, tras el choque. Durante el mismo, el argentino Rattín, tras unos ocho minutos de bronca con el árbitro, solo pudo ser expulsado por la policía. Sentado a pie de campo, le cayó de todo desde las gradas. Ni se inmutó: "No me gusta la cerveza inglesa". En la semifinal ante la Portugal de Eusebio, Hurst, que seguía iluminado, asistió a Bobby Charlton para que este marcara su segundo gol (2-0). Greaves se recuperaba de un ataque de ictericia, pero Ramsey se había encontrado una mina de cara a la final. A Hurst le salía todo, los remates que entraban y los que no. Estaba poseído por el gol. Marcó el 1-1 de cabeza, antes de que con el 2-2 el partido se fuera a la prórroga más controvertida de la historia. A los 101 minutos, Hurst remató con la derecha un centro de Alan Ball. La pelota rebotó en el larguero y parpadeó sobre la línea. Hunt, su compañero, levantó los brazos, el árbitro llamó a consultas al linier mejor colocado, un azerbayano bigotudo y ya canoso que certificó sin titubeos la mayor pifia en una final mundialista. En 1995, la Universidad de Oxford despejó las pocas sospechas que existían. Mediante un programa informático demostró que la pelota no había traspasado totalmente la raya de gol. "Tengo una gran deuda con Tofik Bakharamov", que así se llamaba el linier, reconoció años después Hurst. Para más recochineo, en 2004, ante un partido entre Azerbayán y Alemania, la FIFA, junto al propio Hurst y Franz Beckenbauer, asistió a la inauguración de un busto en honor del asistente en el estadio nacional de Bakú, que, por supuesto lleva el nombre del azerbayano más popular del fútbol. Bakhramov no pudo verla, murió en 1993.

Hurst continuó su carrera en el West Ham United y jugó el Mundial de 1970, donde arrancó con un gol a Rumania. En cuartos, Alemania se tomó la revancha e hizo descarrilar a Inglaterra (3-2). Ingleses y alemanes se cruzarían otras dos veces en los Mundiales: en Madrid, en 1982, empataron sin goles y en Italia 90, los germanos se impusieron en la semifinal por penaltis tras un error de Stuart Pearce. El desconsuelo de Paul Gascoigne, ese niño grandote de vida extraviada, fue la imagen del torneo. En la Eurocopa 96, en Wembley, Alemania volvió a vengarse. Esta vez fue Southgate quien falló el penalti decisivo. Desde Bakharamov, Inglaterra sospecha de la maldición alemana de los penaltis.

A Hurst tampoco le fue mejor tras su glorificación. Dejó el West Ham, se alistó en el Stoke City y se retiró en el West Bromwich Albion en 1976, un año después de que su hermano Robert se tirara a las vías del tren. Probó sin fortuna como técnico del Chelsea (1979-1981) y, desde entonces, su vida ha sido bacheada.

En febrero de este año denunció haber sido objeto de una estafa inmobiliaria en Marbella y dos meses después ofreció a la casa de subastas Bonhams, de Londres, la camiseta de la final del 66. Se adjudicó en 10.000 euros. Ahora vive de actos promocionales y como director de fútbol de la cadena de hamburgueserías McDonalds. Como vendedor tampoco le fue bien. "Practicaba el oficio y un día lo hice con mi mujer, Judith. Llamé al timbre y antes de imitar a un vendedor me dijo: 'Vete a...".

En el fútbol, ni saber que has marcado el hat-trick más legendario, aunque te enteres tarde, te da la eternidad. Ni siquiera en un país que venera a sus héroes. Incluso a los más inesperados, como Hurst y Pickles, el perro que encontró en un matorral al sur de Londres la Copa Jules Rimet, robada al inicio del campeonato. Pickles la rescató y Hurst se la dio a Inglaterra. Como recompensa, al animal le dejaron lamer los platos del banquete tras la final. Tuvo peor suerte que Hurst: murió estrangulado por su correa mientras perseguía a un gato.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 27 de junio de 2010