Manda Messi, escucha Maradona
Tras un año de desencuentros, el técnico de Argentina atiende las peticiones de su figura y medita que, ante Grecia, estrene capitanía

Uno es de Lanús. Otro, de Rosario. El uno es un porteño adulto, megalómano, veleidoso, hablador y anárquico que va por el mundo sacando pecho. El otro es un provinciano que acaba de superar la adolescencia, cabizbajo, introvertido, tan poco expresivo que en La Masía le llamaban El Mudo. Han tardado dos años en entenderse. Pero las necesidades acuciantes de la Copa del Mundo han acelerado el proceso de acercamiento entre Diego Armando Maradona y Lionel Messi. Quizá hoy la sintonía tampoco sea perfecta, pero cada uno sabe perfectamente lo que tiene que dar al otro para consumar las aspiraciones colectivas y particulares. La relación es simple. Messi pide: "Quiero jugar". Maradona escucha y, aunque no está de acuerdo, satisface: "Muy bien, vas a jugar contra Grecia".
"Fui a Barcelona para decirle que no se preocupara. Y su hora llegó", explicó Diego
Son tantas las cosas que les diferencian como las que les unen. Ambos comparten una extraña sensibilidad. Maradona se emociona todos los días. Cualquier detalle, cualquier palabra de un amigo, de un conocido o incluso de un extraño, es capaz de hacerle llorar. Messi es extremadamente susceptible. Cuando durante las eliminatorias clasificatorias le acusaron de no sentir la camiseta argentina o de anteponer el dinero del Barcelona a su selección, comenzó a experimentar una ansiedad que se volvía insoportable cada vez que pisaba Argentina. "Me molestaron las boludeces que se decían de mí porque hacían daño a mi familia", dijo Messi con su habitual desinterés por los formalismos. Lo que no dijo fue que durante los peores días de la crisis, el año pasado, se sintió desamparado. Cuando buscó el respaldo de Maradona, solo encontró soberbia, ignorancia, nervios e incluso un punto de celos. Un día, harto de todo, llamó a Maradona y le dijo que no quería volver a jugar en la selección. Inmediatamente Maradona recuperó la lucidez y se embarcó hacia España.
Ayer, Maradona, durante la conferencia de prensa que ofreció en Pretoria, dejó entrever una parte de aquel conflicto que, finalmente, lograron mantener en secreto y anunció lo que parece el debut de Messi como capitán: "En su momento, hice un viaje a Barcelona para decirle que no se preocupara. Y su hora llegó. El domingo se emocionó cuando le dije lo que le dije. Es algo muy lindo. Ya lo veíamos en el entrenamiento. Lio se está divirtiendo en las prácticas. Mañana sabrán la noticia cuando salga a la cancha".
Messi y Maradona tardaron un año en hablar seriamente del negocio que tenían entre manos. Fue el tiempo que precisó Maradona para interiorizar su nuevo papel de técnico y de superar los atavismos que todavía le hacían sentirse futbolista y tratar a los jugadores como iguales, cuando no como competidores por un lugar en la misma escena. Como dijo Messi hace poco: "Cambió el equipo, cambiamos los jugadores y Maradona también cambió".
"Esperemos que a Maradona se le abra la cabeza", declaró Tévez antes del debut y sus palabras fueron premonitorias. El seleccionador volvió a sorprender a quienes creían que era una figura simplemente anárquica y desde que arrancó la competición toma decisiones mesuradas. Si antes parecía un desequilibrado, ahora parece un sabio chino. A falta de suficientes defensas y centrocampistas, se ha dejado de especulaciones y ha construido al equipo empezando por el ataque, como el Brasil de 1970, con dos delanteros, un extremo y un mediapunta. Es decir, con lo mejor que tiene.
Maradona está tan seguro de su autoridad que no deja de tomar decisiones difíciles. Hoy, contra Grecia, a pesar de no estar aritméticamente clasificado, hará siete cambios en el equipo titular. Quitará a Higuaín, que quiere ser el goleador del Mundial, para poner a Milito; a Heinze, su caudillo, para poner a Clemente, y hasta se plantea despojar a Verón del brazalete de capitán para dárselo a Messi, que solo tiene 22 años. Todo menos dar descanso a Messi como pretendía.
La última vez que Pep Guardiola dio descanso a Messi, el pequeño argentino no se presentó al siguiente entrenamiento del Barcelona. Tiene más carácter del que aparenta. El segundo de Guardiola, Tito Vilanova, lo explicó gráficamente: "Cuando le cambian, es como si le mandaran a por pan". Maradona, que escucha con atención, ya sabe a quien tiene que contentar.

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