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Tribuna:

Europa, 3; chacales, 0

Nosotros, el pueblo europeo, hemos ganado por goleada. Ahora que estamos en pleno Mundial de fútbol, no se me ocurre mejor resumen del Consejo Europeo que ha culminado la presidencia española de la UE. Y eso que el partido empezó en medio del atronador sonido de las vuvuzelas repartidas a destajo por cierta prensa anglosajona.

Sí, porque ser español, levantarse el 17 de junio y llevarse el susto en el cuerpo era una misma cosa: España estaba en quiebra y, aunque no se confesara, el Consejo Europeo iba a tener como único punto del orden del día la petición de rescate por parte de Madrid. Como tantas otras veces, era mentira. Como tantas otras veces, atacaban nuestros derechos y nuestra tranquilidad para hacer negocio. Pero en esta ocasión -como en la cumbre de primavera-, el Consejo Europeo se ha plantado, adoptando decisiones que demuestran que la Unión está viva y coleando, contra lo que muchos profetas afirmaban.

Pese al atroz ruido de las 'vuvuzelas' anglosajonas, la UE ha alcanzado acuerdos capitales

Primer gol: se han seguido tomando decisiones de calado que ponen los cimientos de la unión económica que maximizará los éxitos del euro y del mercado único y nos conducirá a completar la unión política. Eso son los acuerdos sobre la Estrategia de Crecimiento y Empleo 2020 y el refuerzo de la coordinación de las políticas económicas y presupuestarias, que se suman a la solidaridad con Grecia de febrero o a la creación del Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera, dotado nada más y nada menos que con 750.000 millones de euros.

Segundo gol: se han dado pasos sustanciales para conseguir que el sistema financiero actúe en el futuro, dentro y fuera de la Unión, de forma honesta y sin excepciones. Se establecerá un impuesto sobre la banca y se propondrá en la reunión del G-20 en Toronto una tasa sobre las transacciones financieras internacionales, en ambos casos para evitar en el futuro que las irresponsabilidades de algunos las terminemos pagando todos en forma de déficit y deuda; se conseguirá en las próximas semanas poner en marcha el paquete de supervisión financiera decidido en 2009; y, finalmente, se publicarán las pruebas de resistencia de los bancos europeos, en los que, por cierto, varias entidades españolas están a la cabeza de la solvencia.

Tercer gol: para que no quepa ninguna duda y se calle de una vez el fondo sur, el respaldo explícito de los líderes europeos a las medidas del Gobierno español (dolorosas y difíciles para un Ejecutivo progresista) para equilibrar las cuentas públicas y promover el crecimiento y el empleo ha sonado todavía más fuerte que las vuvuzelas. Las palabras nítidas del presidente del Consejo Europeo, Van Rompuy -"son decisiones valientes, necesarias y eficaces"- han sido repetidas por todos, incluidos Merkel y Sarkozy.

La UE ha puesto en marcha a lo largo de estas semanas actuaciones impensables hace solo unos meses o que, en otras circunstancias, habrían requerido años. Incluso ha hecho cosas que parecían anatema, como que el Banco Central Europeo adquiriera deuda soberana de los países miembros (algo, por cierto, realizado a fondo durante esta crisis por la Reserva Federal de Estados Unidos o el Banco de Inglaterra).

Ello pone de manifiesto que el proceso de construcción europea cuenta con una gran capacidad de respuesta a corto plazo -a pesar de las lógicas dudas y contradicciones- y, todavía más importante, con los mecanismos para conseguir que lo decidido no sea coyuntural, sino que se transforme en acervo comunitario.

Algunos se preguntan cómo es posible que el paciente que ya se mandaba a la UVI haya experimentado esta rápida mejoría, que se haya levantado y que no ande, sino corra. No hace falta llamar al doctor House para que nos lo explique, aunque no vendría mal que se metiera un poco con los incrédulos. Una razón: Europa está empezando a funcionar como la unión política que es con el Tratado de Lisboa-Constitución Europea, que impide que lo intergubernamental gane terreno frente al método comunitario. El impulso de la Comisión Europea está siendo, en ese sentido, decisivo, aun habiendo llegado tarde al encuentro (entró en funciones en marzo) por razones ajenas a su voluntad.

Otra razón: la presidencia española de la UE ha trabajado mucho y bien a lo largo de estos seis meses, contribuyendo a que las nuevas instituciones comunitarias funcionaran a pleno rendimiento, impulsando los trabajos del Consejo en todos los ámbitos, promoviendo la plena colaboración Consejo-Comisión-Parlamento, afrontando con solvencia todas las crisis habidas y por haber (económica, humanitaria en Haití, de las cenizas...) y, en definitiva, consiguiendo que su ambicioso programa se cumpliera casi al 100%. El trabajo de la presidencia española ha sido la base imprescindible del éxito del Consejo Europeo, que no surge por generación espontánea, sino, entre otros factores, por nuestro buen hacer al frente de la Unión y nuestra apuesta por crear su gobierno económico. Y es bueno reconocerlo, para saber que este país sigue estando en el corazón de la UE, esa unión de valores para garantizar derechos a la que nos unimos hace 25 años.

Carlos Carnero es embajador de España.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 19 de junio de 2010