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Crítica:DANZA

Deudores de Kurosawa

Viento, espasmos, desamparo, ilusionismo, prestidigitación con toque gore, fugaz humor corrosivo, frío polar. Así es la tierra de nadie de 32, Rue Vanderbranden, obra programada en el Festival de Otoño en Primavera, que en su empaque se parece a otras muchas cosas. Al final, los bailarines colocan una ofrenda mortuoria en el proscenio. Se trata de un homenaje sencillo y sentido a María Otal, bailarina y actriz española que ya había trabajado con Carrizo y Chartier en la que es sin dudas su mejor y más alabada creación: Le sous-sol (El sótano). Otal murió días antes del estreno de 32, Rue Vanderbranden y había participado en el proceso de creación. Tanto en Le sous-sol como en 32, Rue... hay un suelo desestabilizador: tierra y nieve. En ambas obras cae de arriba la misma sustancia y la mezzo Euridike de Beul aporta la densidad de su canto como un catalizador de la acción, un tangente observador que se engloba en la zona surrealizante, donde lo insólito trufa una realidad rasante para dar lugar a la trama escénica propiamente dicha.

32, RUE VANDERBRANDEN. Compañía Peeping Tom

Coreografía colectiva: Seoljin Kim, Hun-Mok Jung, Marie Gyselbrecht, Jos Baker, Sabine Molenaar y Eurudike De Beul. Dirección: Gabriela Carrizo y Franck Chartier. Teatros del Canal; 19 de mayo.

Compañía de sólida trayectoria y ganado prestigio, Peeping Tom tiene ya un estilo, una estética dominante donde siempre las referencias a grandes pesos pesados del teatro o del cine no se esconden, sino que se presentan como declarados puntos de partida (Bausch, Fabre, Müller, Barba y hasta la secuela Grotowski son identificables en su plástica). También a veces creemos ver un cuadro de Edward Hopper. Se puede leer que 32, Rue... usa el filme La balada de Narayama, de Shohei Imamura, pero en realidad de quien este espectáculo intenso y demasiado largo es deudor directo es de la película Dodes-ka-den (1970), primer filme rodado en color por Akira Kurosawa y cuyas similitudes son obvias y numerosas. A saber: escena en un barrio chabolista con esa especie de atrio o plazuela; un joven loco; un epiléptico con una mujer tiránica; una prostituta embarazada; maridos alcohólicos que se intercambian a sus mujeres; bolsas de basura que vuelan; un viejo con su hijo a rastras... Todos estos elementos aparecen más o menos insertados o subvertidos en una dramaturgia paralela. Si Kurosawa habla de desencanto con el hombre, la civilización como contraste, la crueldad urbana, los de Peeping Tom también van por esos predios. Un retablo de desamparados con los que se quiere pintar un fresco oscuro y desalentador apoyándose en clicloramas curvos pintados con cielos sombríos muy similares a los del cine. El viento furioso (el mismo de Yojimbo) sirve de enlace, se escucha una música que puede ser la incidental del teatro clásico japonés y se marcan las transiciones con desapego a una fluidez convenida.

Tal fue el fracaso de Dodes-ka-den que un año más tarde del estreno Kurosawa protagonizó un aparatoso intento de suicidio cortándose cuello y muñecas. Lo de Peeping Tom no es de suicidio, pero tampoco de gran aplauso. Se trata de una obra de recursos y de mucho taller a la que sobra un 30% de exposición.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 21 de mayo de 2010