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Necrológica:IN MEMÓRIAM

Antonio Barrero, ingeniero, experto en nanotecnología

Hay personas, como es el caso de Antonio Barrero Ripoll, que cuando se van dejan tras de sí mucho más de lo que recibieron. Cuando se vuelve la mirada sobre su obra sorprende su desbordante fecundidad. Le queda a uno una sensación de desperdicio porque la vida abandone a alguien de quien aún cabía esperar tanto. Antonio Barrero Ripoll nació en Madrid el 25 de marzo de 1947 y falleció en Sevilla el pasado 26 de abril.

Llegó a Sevilla hace más de cinco lustros, como catedrático de Mecánica de Fluidos, cuando la Escuela de Ingenieros empezaba a recoger los frutos de los radicales cambios que se habían producido el decenio anterior en su estructura y en su organización y que determinaron, entre otras cosas, la incorporación a su plantilla, gracias al exigente procedimiento de selección entonces imperante, de un selecto grupo de profesores. Acaso se quedó en Sevilla por el estimulante ambiente que encontró en la Escuela, como confesó hace un par de meses en una de las conversaciones que tuvimos y en las que hacía el balance de su vida.

Hombre de criterio y de profundas convicciones vino a Sevilla rodeado de acrisolada fama de brillantez intelectual, en la que se aunaban su sólida formación científica, su asentada cultura, su infatigable capacidad de trabajo, y la solidez y rectitud de sus planteamientos. Los hechos desbordaron las expectativas. Este espíritu fue capaz de transmitirlo a todos sus colaboradores y a cuantos tuvimos el privilegio de formar parte de su entorno.

Su obra científica es bien conocida en los medios correspondientes y ha sido sancionada por múltiples premios (como el Premio de Investigación de Andalucía y el Jaime I, entre otros) y distinciones (numerario de la Real Academia de Ingeniería y de la Sevillana de Ciencias) que la avalan como una de las más sólidas en las escuelas de ingenieros españolas de los últimos tiempos. Investigó en atomización fina de líquidos por medios mecánicos y electro-hidrodinámicos (electrospray). En esta línea de investigación descubrió y puso a punto una nueva técnica profundamente innovadora para crear cápsulas microscópicas a partir de la rotura de chorros coaxiales electrificados de líquidos inmiscibles generados mediante campos eléctricos. La técnica se aplica con éxito a la encapsulación (con dimensiones micro y nanoscópicas) de sustancias de interés en el campo alimentario y farmacéutico.

Estos trabajos se complementan en 2001 con la promoción de una iniciativa empresarial, la creación de YFLOW, una spin-off para la explotación de estos descubrimientos. Pero además tuvo la generosidad de implicarse en la gestión de la investigación en donde colaboró activamente en la brillante época de la segunda mitad de los años 1980.

El profesor Barrero ha sido un modelo para los jóvenes estudiantes de ingeniería, un ejemplo de ingeniero investigador, capaz de explotar las posibilidades prácticas de su propia investigación.

Pero la desbordante riqueza de su personalidad no se agota con estas aportaciones. Fue un gran amante de la poesía que llenó una parte considerable de su escaso tiempo de ocio. También fue un entusiasta de los paseos por la naturaleza. Conversador infatigable y apasionado defensor de sus ideas, hombre consecuente con ellas más allá de convenciones, fue un ejemplo inagotable para cuantos tuvimos el privilegio de compartir con él su desbordante vitalidad.

Legó su testamento en las palabras que leyó en su nombre su hijo Antonio Barrero Gil en el acto de entrega del premio Fama, que le otorgó recientemente la Universidad de Sevilla, uno de cuyos últimos párrafos se iniciaba con un estremecedor "Desde la última vuelta del camino...". Expresó, en ese texto, su honda preocupación por el estado actual de la Universidad española.

Sobrellevó su enfermedad, junto con Regina, con admirable entereza. Fue plenamente consciente del final que le esperaba, aunque, ay, siempre confiaba en que se retrasaría un poco más. En todo caso, nos deja "harto consuelo su memoria".

Javier Aracil es miembro de la Real Academia de Ingeniería.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 30 de abril de 2010