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Reportaje:Diseño

El sillón introvertido

El 'orejero' se convierte en un lugar para refugiarse

El madrileño Jaime Hayón, la ovetense Patricia Urquiola y el japonés Naoto Fukasawa fueron los primeros en verlo. Los españoles recuperaron sendas versiones del coche Cabriolet y la butaca de mimbre Emmanuelle para acomodar al usuario de sus poltronas en un metro cuadrado ajeno al mundo. La empresa barcelonesa B.D. produjo entonces la colección Showtime, con la pieza inesperada y exhibicionista de Hayón. Y la crítica, descolocada, sólo se atrevió a juzgarla de extravagante. Fue una de las butacas más fotografiadas de hace un par de años.

Por esas mismas fechas, la imparable Patricia Urquiola también recuperaba el cuerpo entero para la línea exterior de la firma italiana B&B. Para esa empresa, Naoto Fukasawa indagaba, con la butaca Papillo, en la inolvidable cara amable del sillón Egg que Arne Jacobsen firmara hace 50 años. También los hermanos Bouroullec se habían dado cuenta de que, en medio de tanto loft y espacios abiertos, se estaba perdiendo la intimidad y, dando otra vuelta de tuerca a la idea de encerrarse en un mueble que no fuera un armario, lanzaron el sofá-habitación, la pieza -de respaldo y brazos altos como muros, pero blandos como cojines, para concentrarse en la conversación o en el trabajo- se llamó Alcove (alcoba).

En medio de tanto 'loft' y espacios abiertos, se estaba perdiendo intimidad

Parecía claro que los asientos se cerraban al mundo. El ambiente de trabajo pedía aislarse sin encerrarse ni resultar grosero y los nuevos diseños ofrecían la posibilidad de tener presencia y ausencia a la vez. Las butacas aislaban sin separar. Aquello olía a futuro. Pero se quedaron en precursores. Nadie se atrevió a empujar un poco más la tendencia. Con el tiempo, Vitra rebajó las paredes del sofá Alcove en una versión menos enclaustrada. Y B&B podó la expresión de la butaca Papillo de Fukasawa, para lanzarla este año en versión pequeña (y muy cómoda, por cierto).

Ha sido el lince Giulio Cappellini quien ha decidido hacer de la idea del hermetismo una tendencia entre los nuevos sillones. Para ello ha echado mano de un diseñador que maneja como nadie los atributos de un publicista y ha lanzado a Martin Vallin, un estudiante de la escuela danesa, al estrellato mediático con su butaca-cabaña Secret Club House (club secreto).

Con el lema equilibrio y una explicación sin límites -entre el suelo y la realidad, entre la forma y la función, entre el material y la técnica, entre las expectativas y las normas, entre el juego y el diseño, es decir, con la consigna del todo vale y todo se puede explicar-, la butaca-choza de Vallin, deudora de las exteriores de Urquiola es para Cappellini "la confirmación de una vocación por el diseño de impacto e imagen y su continua búsqueda de una respuesta emocional". Eso sí, la madera es reciclada.

La otra pieza de su nueva colección, la butaca Tulip de Marcel Wanders, confirma, según la empresa, "que hacer diseño es también, y fundamentalmente, divertirse". Producida en poliuretano blando y tapizada en tela de Alcántara, tejidos o piel, tiene la forma de un capullo apoyado en acero inoxidable. Cómoda y aislante, la butaca tímida gira además sobre sí misma. Así, a pesar de ser introvertida, logra estar, como el propio Cappellini, en misa y repicando.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 28 de abril de 2010