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Crítica:LIBROS / Narrativa

Liturgia del recuerdo

Leo sobre un viaje que se intuye tranquilo. El tren ha salido de Ginebra y una mujer de unos setenta años está atenta a los movimientos de aquellos que con ella comparten vagón. Mira con serenidad a quien le recuerda a la amante de su marido, decide indiferencia hacia el caballero que atiende al móvil y hay un atisbo de melancolía cuando observa a la joven pareja que se muestra desinhibida en sus manifestaciones. La mujer del vagón es la protagonista de la última novela de Antonio Soler (Málaga, 1956). El título del libro es Lausana. Y Lausana es también el destino de la mujer. Durante el recorrido, ella será una habitante más de ese microcosmos que se genera en cada travesía por corta que sea, ese mundo que discurre paralelo al de las estaciones o las ciudades que se van dejado atrás. Pero aquí, en Lausana, el auténtico universo está en la memoria de la protagonista. En su mente, los recuerdos fluyen más acelerados que el propio tren. Está la infancia, un gesto del padre, un apodo, los vaticinios de muerte de ahora mismo, la traición, el campo de batalla de un matrimonio de años. También el debe y haber de la complacencia, la mordida que deja el adulterio, el destierro interior de quien calla, la prisión que supone la amistad. En fin, el tiempo comiéndose avariciosamente la vida. La liturgia del recuerdo que propone Antonio Soler se supone apacible como un confortable viaje. El autor cuenta muy bien sobre el tiempo que pasa, y firma con determinación una novela que puede parecer sombría por ese canto de cisne que se entona a partir de determinada edad, cuando se suman ausencias y no se renuevan presencias. Pero en la mujer que nos habla no hay pesadumbre, ni arrepentimiento, ni melancolía, ella es una simple cronista, capaz de intimar con quien lee. Soler examina el tiempo como un entomólogo que ha convertido los días en un insecto a diseccionar. De manera profunda, precisa y aparentemente sencilla, el escritor consigue que no nos perdamos en ese flujo permanente que mezcla el presente, ese anecdotario de vida en el vagón, y la memoria de una vida que se piensa. Antonio Soler (premios Herralde y Nacional de la Crítica en 1996 con Las bailarinas muertas y premio Nadal en 2004 con El camino de los ingleses) crea una atmósfera vivificante aunque se presientan cadáveres futuros. Porque memoria es también conocer el tono de los días venideros y la probabilidad de hechos todavía por suceder. Convence Soler de que nada de lo que sucede en Lausana nos es ajeno. Sosiego y vértigo. Así es la buena ficción, entrar en la novela y estar en ella. ¿Cómo pude pensar que se trataba de un viaje tranquilo?

Lausana

Antonio Soler

Mondadori. Barcelona, 2010

201 páginas. 17,90 euros

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de abril de 2010