Compasión

María Moliner la define como "sentimiento de pena provocado por el padecimiento de otros, e impulso de aliviarlo, remediarlo o evitarlo". Quizás, la segunda parte de esta definición no tenga ya aplicación posible. Quizás, sorprenda que aplique la primera a este juguete roto, porque se está forrando, pero lo único que le faltaba era que la desfigurara un cirujano plástico. Desde que la nariz se le ha caído hacia un lado, cada vez que la veo, por mucho que se esté forrando, se me parte el corazón.
Ella no es la única que me inspira ese sentimiento. "Princesa del pueblo" la llama la prensa de esos corazones que nunca se parten. Qué pena. Y qué pena me dan los listos, los listillos, la guapa rutilante y los que votan desde casa, comparsas todos en este linchamiento de la muñeca destripada, que compite con sus tripas porque no tiene otra cosa que ofrecer. Qué pena de pueblo capaz de entronizar unas vísceras maltrechas y confundir con el cariño el enfermizo placer de diseccionarlas con un mando a distancia.
España se vuelve cada día un poco más desagradable; la corrupción, un poco más castiza; la incultura, un poco menos grave. Todo, bajo los focos de colores y el confeti de una perpetua fiesta de Nochevieja hortera, que se pretende inocua, liviana, intrascendente. Pero es difícil disociar los escándalos de las portadas de los diarios de "la invasión de los ultracuerpos" de piel rosa que impregna más y más páginas. Los valores imprescindibles para salir de una crisis, solidaridad, generosidad, compromiso, no florecen en el charco de agua sucia de unas pantallas que sólo alcanzan a mostrar una sociedad un poco más desestructurada cada día. ¡Guapa!, le gritan desde el público. Ella, aunque se esté forrando, tropieza, sonríe, aplaca a las fieras con su torpeza. Y yo sólo siento el impulso de aliviarlo, remediarlo o evitarlo.
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