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COLUMNA

Matar

Hace tiempo que estoy peleado con la forma en que se mata en las películas y las series de ficción. Habrá tiempo para hablar de ello durante esta temporada en que he fichado de comentarista. Por regla general la ficción tiende con una falta absoluta de proporción y verismo a dotar el crimen de un lado elegante y fotogénico. Algo tan absurdo como si a tu tía segunda antipática y besucona la interpretara Natalie Portman. Un acto de violencia carece de grandeza ni belleza. Mucho lenguaje audiovisual moderno carece de sutileza, sugerencia, y opta por el subrayado. Si quieren asistir a una lección práctica, pueden escudriñar en YouTube, sobre todo en enlaces con páginas informativas del mundo árabe, el último asesinato selectivo supuestamente llevado a cabo por agentes del Mosad. Lo bueno de las nuevas ventanas es que reciclan la vida cotidiana y la convierten en una mariposa clavada en nuestra colección.

La ejecución de uno de los fundadores del brazo armado de Hamás, Mahmoud al Mabhoud, en su hotel de Dera en Dubai aparece reconstruida con una narrativa de película de suspense muda, pero bien expresiva. Las cámaras de vigilancia del hotel nos muestran el hall de entrada, la puerta del ascensor y el distribuidor del pasillo que conduce a la habitación 203. Luego vemos posicionarse a los sospechosos del asesinato. Al parecer seis de ellos llevaban pasaporte británico; tres, irlandés; y los dos restantes, francés y alemán. Los papeles están repartidos con acierto. Las mujeres son bellas sin excesos, los empleados del hotel parecen eficientes y los ejecutores tienen brazos como árboles. Algunos llevan gorros, mochilas, bolsas deportivas, gafas, postizos o manos vendadas. Su caminar y su aspecto es de una cotidianidad casi excesiva. Cuando se cruzan con alguna persona normal, te das cuenta de que las personas normales nunca parecen normales, porque la normalidad es una impostación. Sientes el escalofrío al saber que un tipo orondo, con vaqueros gastados, bolsa de plástico y chaqueta gastada va a ser asesinado en su cuarto de hotel supuestamente con algo tan acogedor como una almohada. No hace falta más. Tan sólo apreciar la salida conjuntada, febril pero calmada, de los asesinos. Y fin. Harto de crímenes embellecidos por la ficción, he aquí la realidad con su seco manotazo gris.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 24 de febrero de 2010