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COLUMNA

Pitos

La final de la Copa del Rey de fútbol del año pasado entre el Barça y el Athletic de Bilbao le costó la cabeza a algún responsable de la televisión pública que cometió la torpeza de ahorrarle a los espectadores la pitada de muchos aficionados presentes en el estadio al himno nacional y a la presencia del Rey de España. Para dejar claro que de los errores también se aprende, el Rey viajó hasta Bilbao para entregar el trofeo de Copa, esta vez de baloncesto, a quien resultara ganador en la final entre Barcelona y Real Madrid. Pero muy posiblemente lo hizo también con la idea de que la televisión emitiera esta vez sin cortes ni alteraciones la pitada que, muy previsiblemente, iba a recibir.

El Rey supo aprovechar la oportunidad para no repetir errores. Tampoco quiso emular a alguno de nuestros líderes políticos y con enorme profesionalidad aguantó el chaparrón entendiendo que son gajes del cargo y no levantó el dedo corazón, aunque por dentro tuviera ganas de hacerlo, como todo ser humano enfrentado a esa situación. Es la diferencia entre el pueblo y sus mandatarios. Consagrar esa diferencia es algo oportunísimo. Uno se imagina al Rey Juan Carlos en su despacho, en las horas previas a acudir al pabellón bilbaíno, practicando la reacción majestuosa ante la pitada y quizá a la Reina corrigiéndole un atisbo de gesto de mal humor. Lo malo de ser representante del pueblo es que a veces te toca entender al pueblo y, si no justificarlo, al menos tolerarlo, sabiendo que las expresiones populares pueden adquirir tonos ofensivos, despreciativos, chuscos y hasta reprobables. Pero las personas con responsabilidad pública tienen que aprender a envainarse el dedo, a no mandar callar a nadie por plasta populista que sea, a no llamar a nadie ni hijoputa ni tonto de los cojones en voz alta, e incluso a demostrar con toda la sangre fría que uno pueda bombear desde el corazón caliente, que aquellos que te desprecian también contribuyen a ennoblecer tu figura si eres capaz de responderles con la grandeza que da un cargo bien llevado. Sólo así los pitos pueden ser flautas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 23 de febrero de 2010