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COLUMNA

Volquémonos

Una nueva cabronada de la Naturaleza -con mayúscula siempre, cuando mata, como si nombráramos a la majestuosa Parca- ha dejado un país devastado y a una comunidad internacional que se vuelca para enviarle ayuda. Devastar y volcarse son dos verbos en trance de devaluación, a causa del uso y abuso. Pues no sólo la madre tierra se sacude de vez en cuando para machacar a los más parias entre sus ocupantes. El primer mundo también ayuda, con sus invasiones, sus expolios, su echar una mano a los gobiernos corruptos y su necio y nulo entendimiento de las realidades locales. El mapamundi está nimbado de chinchetas que señalan los vertederos de la historia creados por la mano humana, y los esparadrapos que la misma mano ha permitido aplicar, en vano intento de contener la hemorragia.

Así que las catástrofes de este año se inician con Haití, terremoto y vuelta al ruedo. Conozco Haití. Sus montañas azul violáceas, su paisaje seco y, sin embargo, dulce. Su olor a miseria, a fango podrido y a leña quemada. Sus cuarterones enriquecidos con la corrupción y la explotación de sus compatriotas. La dignidad de sus intelectuales asfixiados. Haití, tan cerca de Estados Unidos y de África.

Abajo del río Grande, fueron los primeros americanos en independizarse, los primeros en abolir la esclavitud. Habían sido víctimas del colonialismo atroz de los franceses y luego, durante gran parte de su historia, lo fueron de los delirios de grandeza y de la crueldad de sus propios caudillos. De cuando en cuando, Estados Unidos mandaba a sus tropas a defender la democracia y afianzar a algún cacique.

La devastación de Haití no viene del terremoto. Mucha mierda se ha volcado sobre la mitad occidental de la isla La Española, desde hace demasiados años.

Y eso no se arregla con paños calientes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 14 de enero de 2010