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COLUMNA

Guggenheim en blanco

Es posible que en Nueva York sepan, para ahora, algo preciso acerca del proyecto de construcción de un Guggenheim 2 que la Diputación de Vizcaya promueve en la Reserva de la Biosfera de Urdaibai. Es posible que allí sepan más, pero aquí estamos mayormente en blanco, o conocemos del asunto sólo algunas generalidades, la ubicación prevista y el vasto objetivo de aunar con ese proyecto arte y naturaleza. Es posible que los americanos tengan ya, entre sus manos, las concreciones que cabe esperar: informes de impacto ambiental, comparativas con intervenciones parecidas en entornos similarmente delicados, amplios descriptivos conceptuales, esbozos arquitectónicos, mapas de infraestructuras y accesos, nombres de profesionales y/o artistas susceptibles de integrar el proyecto, sondeos de opinión, estudios económicos y presupuestarios, escenarios de afluencia... Es posible que de todo eso sepan ya mucho en Nueva York. En Euskadi, muy poco.

La sociedad vasca, que tendrá que asumir la factura del nuevo museo si finalmente se construye, está sumida en la microinformación (alborotada); es decir, condenada a apoyar o rechazar el proyecto casi como en una cita a ciegas, recurriendo a la emoción, a la (des)confianza o incluso a la intuición. Cuando creo que deberíamos estar ya en condiciones de apoyarlo o no, con los ojos abiertos; crítica y motivadamente, sobre la base de datos y detalles concretos y contrastables. Por otro lado, la oposición del Gobierno vasco al proyecto parece apoyarse esencialmente en cuestiones medioambientales y de acaparamiento del presupuesto cultural. Y digo "parece" porque, de momento, sus objeciones tampoco se caracterizan precisamente por su extensión argumental.

Y, sin embargo, argumentos que oponerle al G2 hay, son de consideración, y entiendo que deberían integrar ya el patrimonio informativo de la sociedad vasca. Hoy quisiera esbozar tres. En primer lugar, el crítico estado de nuestras costas. Euskadi posee el porcentaje de litoral protegido más bajo de toda España (inferior al 15%). En este contexto, la intervención prevista en Urdaibai tiene todo de temeridad ecológica, de despilfarro injustificable de la escuálida herencia costera que vamos a legarles a las generaciones futuras. El segundo y el tercer argumento se apoyan en lo que llamaré la antigüedad turística y artística del concepto del G2. Imaginar que a los turistas de mañana les va a resultar más atractiva la visita a un enésimo museo que la experiencia de un enclave natural singular, supone, en mi opinión, pensar en sentido contrario de la flecha del tiempo. Y también considero anacrónico, obsoleto, plantear la relación entre arte y naturaleza en términos museísticos; o dicho de otro modo, pensar la naturaleza entre cuatro paredes, volverla un contenido cultural, en lugar de respetar y de ensalzar su continentalidad, su condición ilimitable de espacio de acogida para un arte fluido en ella, fundido en ella.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de enero de 2010