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COLUMNA

Salto mortal

Parece que ya ninguna noticia interesa a nadie si no se convierte en espectáculo. Bajo la gran carpa de este circo mundial media humanidad contempla cómo la otra media está muriendo o matando o haciendo el payaso. Los números se suceden en la pista, bien en forma de tragedia o de farsa, con un ritmo frenético, cada número siempre más arriesgado y excitante que el anterior, mientras en la grada muchos esperan que el león se coma al domador o que se deslome el trapecista. En este circo ningún payaso es apreciado si no tiene una docena de niños enterrados en su jardín. Pasen y vean. El golfista Tiger Woods en un día se transforma de ídolo en villano. A Silvio Berlusconi un loco le arroja la catedral de Milán a la cara y su imagen ensangrentada se convierte en un icono del odio político, pero el loco, a su vez, salta a la fama y se erige en un nuevo héroe italiano. La resistente saharaui Aminetu Haidar sale invicta de la huelga de hambre y aunque unos espectadores deseaban que muriera para tomarla como símbolo y fabricar camisetas con su rostro estampado, otros, en cambio, prefieren que haya ganado para poderle llevar una taza de caldo en presencia de las cámaras. Antes leíamos la historia en los libros; ahora la contemplamos directamente en imágenes vivas. En este circo, hoy como antes, la muerte heroica suele ser muy valorada por el público. Si en lugar de agonizar en la cruz, el Nazareno hubiera sido condenado a doce años y un día, no habría existido la Iglesia. Por otra parte hay que imaginar el destino de Che Guevara si en lugar de morir joven, de forma violenta, la vida le hubiera condenado a un final con tripa y sin boina, obligado a cambiar el fusil por la cachaba. El triple salto mortal, con o sin batacazo, es la clave del éxito o del fracaso en política, en cultura y en periodismo. Hoy la información equivale a comunicación y la comunicación es inseparable del espectáculo y a su vez el espectáculo se confunde con el negocio, que la crispación hace cada día más rentable. Pase lo que pase, un número devora a otro y al final la historia moderna no es sino un cúmulo de algodoncillos rosas y azules que se suceden en las pantallas de la televisión. Pero fieras y payasos se esfuman con sólo apretar un botón.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 27 de diciembre de 2009