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Análisis:

El derecho a ser un cerdo

"El Rey es un irresponsable". Frase tan contundente y rayana en el delito de desacato o el de injurias al Monarca, circuló como broma entre algunos políticos de ocasión, como el Premio Nobel Camilo José Cela y el legendario decano de los abogados Antonio Pedrol, que habían sido nombrados senadores por designación real, y los periodistas, entre los que estaba Luis Carandell, que allá por 1978 cubrimos las sesiones en las que se retocaba el texto de la Constitución, en la Comisión Constitucional del Senado.

Tras soltar la frase de escándalo, el que hacía la broma ponía cara de perillán y, con sonrisa pícara, añadía: "Lo dice la Constitución", en referencia a que el artículo 56.3 de nuestra Ley Fundamental establece que "la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. Sus actos estarán siempre refrendados en la forma establecida en el artículo 64, careciendo de validez sin dicho refrendo". Y por si fuera poco, el segundo apartado de ese artículo señala: "De los actos del Rey serán responsables las personas que los refrenden". Espectacular, pero irreprochable. Asunto concluido.

"Lo que no es admisible es ser un guarro económico o un guarro político"

Un revuelo parecido se originó recientemente en el salón de actos del Colegio de Abogados de Madrid cuando el catedrático de Derecho Penal de la Universidad Carlos III, de Madrid, Francisco Javier Álvarez, con voz de locutor radiofónico, dijo: "Nuestra Constitución garantiza el derecho a ser un cerdo".

Entre el auditorio se encontraban varios magistrados de la Sala Segunda del Supremo, los presidentes de la Audiencia Nacional y de la Provincial de Madrid, una alta representación de la fiscalía y un nutrido grupo de catedráticos y profesores universitarios. Se trataba de la presentación de un manual de Derecho Penal, parte especial, en el que han trabajado profesores de nueve universidades españolas y que han coordinado Araceli Manjón-Cabeza y Arturo Ventura, bajo la dirección del propio Álvarez.

Éste, irreverente, iconoclasta y anticlerical, abomina del puritanismo que nos invade y critica que siguiendo las modas del momento hayan incluido en el Código Penal determinadas costumbres sexuales. Porque, se pregunta, "¿a quién le importa que el director de un medio de comunicación se excite ataviado con un corpiño mientras le orina una señora? O ¿a quién hace daño que alguien se haya bajado de Internet y tenga en su ordenador para su propio uso y disfrute imágenes pornográficas en las que figuren menores de 18 años? Es posible que sea un guarro personal en materia sexual, sostiene, pero no debe ser un delincuente. Porque no es malo en sí, ni causa daño a nadie, únicamente manifiesta una forma de expresar la sexualidad que puede gustar o no, pero que es absolutamente lícita desde cualquier perspectiva ética o moral".

Nietzsche sostenía: "En algunos la castidad es una virtud, en muchos es casi un vicio". Y Álvarez bromea muy en serio, que "seguro que es peor dejar a la pareja siempre insatisfecha porque puede provocar un síndrome de vagina expectante". El catedrático recuerda que la Constitución, en su artículo 10, garantiza el libre desarrollo de la personalidad, lo que choca con la tipificación de esa conducta en el artículo 189.2 del Código Penal y la imposición de una condena de tres meses a un año de prisión o multa de seis meses a dos años.

"Lo que no es admisible -ni penal ni éticamente-, añade, es ser un guarro social, un guarro económico o un guarro político, como, por ejemplo, provocar aumentos de precios en las viviendas que dejan esquilmados a los pobres españoles, con la connivencia de cierta banca y determinados políticos municipales". Las penas para estos casos son de risa.

Álvarez, que no es políticamente correcto, pero dice verdades como puños, critica también que siguiendo la moda imperante se haya pisoteado el principio de igualdad en el caso de la violencia de género, con una "desgraciada" sentencia del Tribunal Constitucional, que sólo ha servido para poner en evidencia, una vez más, su desprestigio. Y respecto a la Ley de Seguridad Vial, afirma que "constituye todo un ejemplo de lo que es conculcación de los principios penales y procesales básicos".

Decía también Nietzsche que "los monos son demasiado buenos para que el hombre pueda descender de ellos". Quién sabe.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 21 de diciembre de 2009