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La dimensión oculta de la ópera

Hèctor Parra estrena en el Liceo 'Hypermusic prologue'

Ambición y medios: es una buena receta para que el estreno de una ópera nueva despierte la atención del milieu. Tiene ambición esta Hypermusic prologue. A projective opera in seven planes, estrenada ayer en el Liceo. Sólo el título ya denota hambre de gol. Añádase un compositor premiado y reconocido, pese a su juventud, como Hèctor Parra (Barcelona, 1976), y una libretista de fuerte tirón, como la física Lisa Randall, autora de un tratado sobre las dimensiones desconocidas en universos posibles que está considerado entre los más influyentes del momento científico. Considérense, además, los solventes medios puestos a disposición por el Institut de Recherche et de Coordination Acoustique / Musique, que incluye a su mítica formación orquestal, el Ensemble Intercontemporain -estrenada en París en junio, la obra es de hecho un encargo de ese centro-, y la generosa financiación de Caixa de Catalunya. La conclusión no puede ser otra: hay seriedad y compromiso en toda esta operación.

Otra cosa son los resultados artísticos, es decir, la ópera en si. Para empezar: ¿es una ópera? El elemento dramático es de hecho lo más simple de esta pieza compleja. Finalmente, se trata de un conflicto de pareja. Él, el barítono (James Bobby), anclado en la "tradición" aristotélica, pitagórica, euclidiana, un mundo en tres confortables dimensiones que no esquiva la línea melódica. Ella, la soprano (Charlotte Ellett), acaso trasunto de la propia Randall, se siente impelida a buscar los límites de la materia en una quinta dimensión basada en las "brana", "objetos similares a membranas en un espacio multidimensional (sic)" cuya existencia la científica espera demostrar tras la renovada puesta en servicio del acelerador de partículas de Ginebra.

El conflicto dramático es, pues, lineal: un alejamiento progresivo de los dos protagonistas y con ello de sus respectivos lenguajes expresivos. Al principio, cuando ambos están todavía del lado del mundo conocido, podría hablarse de un largo dúo dramático, pero a partir del inicio del viaje, las intervenciones son cada vez más aisladas, como si no hubiera punto de encuentro posible, como si la exploración de los límites no pudiera ser más que una investigación solitaria, condenada a no ser compartida en el silencio del laboratorio. Es sorprendente, por cierto, que esa progresión culmine al final con los dos protagonistas cantando a la octava, que en música corresponde a la máxima coincidencia. ¿Hay, pues, una última espiral para la esperanza?

Los dos mundos quedan visualmente representados en paisajes infográficos, proyectados sobre pantallas, claramente diferenciados. El de él, en blanco y negro, representa un puente. El de ella, multicolor, calidoscópico, contiene referencias al trip de estilo pop (la dirección escénica es de Paul Desveaux; la escenografía, de Matthew Ritchie).

Pero el contraste, al menos tras una primera audición, no parece tan evidente como promete el planteamiento teórico. Y ahí es donde aparece la duda de si esta Hypermusic prologue es una ópera y no más bien un oratorio dramático. Igual esa ambigüedad es la misma que reflejan los dos mundos.

Un apunte final para el director Clement Power, meticuloso, brillante. El milieu -Joan Guinjoan y Benet Casablancas entre el público- premió el estreno con largos aplausos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de noviembre de 2009