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COLUMNA

1939

Se atribuye a Victor Hugo una ocurrencia probablemente apócrifa: aquella según la cual los españoles disfrutaríamos con las procesiones y con las guerras civiles. O, en otros términos, con lo excesivo, con lo extremo: desde los pasos de Semana Santa hasta las matanzas fratricidas. Lo sangriento sería, así, expresión de nuestro volcánico temperamento, el arrebato místico de un catolicismo vehemente.

Algunos de los viajeros que visitaron este país a lo largo del Ochocientos no hicieron más que revalidar la leyenda de esta tierra inhóspita y bronca, con unos naturales pronto dispuestos a sacar la faca o el arcabuz. La violencia sería el sino fatal de los españoles trágicos, siempre envueltos en conflictos homicidas. Noblotes pero pendencieros: así nos vieron muchos de esos observadores extranjeros que viajaban para confirmar el encanto y el misterio orientales de la Península Ibérica. El siglo XX pareció acentuar esa visión: así, la guerra de 1936 corroboraría la larga tradición de conflictos. Si antes los españoles saldaban sus cuentas a bastonazos, ahora, gracias al progreso armamentístico, libraban sus disputas con la mejor artillería.

Y, sin embargo, no es así. El del 36 no fue uno más de esos conflictos bélicos. En realidad, esta Guerra Civil fue algo más terrible: fue una contienda total, en el sentido que le diera Carl Schmitt a esta palabra. Es decir, degradación y aniquilación del enemigo, destrucción de los lazos primarios de la convivencia. Concebido así, éste es un conflicto que se desarrolla como si fuera "la guerra última de la humanidad", según precisaba Schmitt, una guerra en la que el contendiente espera arrasar material y espiritualmente al enemigo.

La Facultad de Geografía e Historia de la Universitat de València ha organizado unas jornadas internacionales dedicadas precisamente a evaluar la magnitud de aquel cataclismo, la ferocidad de la represión. Se vienen desarrollando desde el pasado lunes con gran éxito de público y a ellas han acudido expertos que sopesan las consecuencias del conflicto, la muerte o el exilio. Los historiadores aún tenemos mucho que decir.

Pero también la memoria familiar o la novela. Como soy básicamente lector, me gustaría recomendarles dos libros recientes y estremecedores. De sus páginas salimos entristecidos y más sabios. Uno de ellos es El exilio de los marinos republicanos, de Victoria Fernández Díaz (PUV). Resulta conmovedor el relato de sus penalidades, el detalle de tanto menoscabo padecido. El otro volumen es La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina (Seix Barral). Es una portentosa novela, una recreación minuciosa del mundo que fue arrasado en 1936. Sin maniqueísmos.

No se imaginan qué congoja da leer esas páginas.

http://justoserna.wordpress.com

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 25 de noviembre de 2009