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Crítica:TEATRO

'El jardí dels cinc arbres' Y sin embargo, se hace largo

Montaje sobre textos narrativos y poéticos de Salvador Espriu como homenaje a su figura a unos meses del 25º aniversario de su muerte. Estrenado en el festival Temporada Alta de Girona, El jardí dels cinc arbres es una ambiciosa, por extensa, adaptación escénica de esos textos y es el patio de la casa de Arenys en la que el poeta pasó sus primeros veraneos. "A la vora del mar. Tenia / una casa, el meu somni, / a la vora del mar". Y es que Arenys, escrito al revés, da Sinera, su única patria ideal. Sobre el escenario, pues, y sobre las tarimas que a modo de peldaños lo ocupan, van desfilando los personajes de Espriu y van bajando del cielo del teatro una serie de objetos que, junto a las acciones de los intérpretes, llenan y amenizan las casi dos horas de espectáculo. Un barquito no tan chiquitito, un sofá, unas cortinas rojas, una cama. Y digo amenizan porque los textos de Espriu a pelo o en un formato más austero, como el que hizo Ollé de los de Josep Pla en El quadern gris, se harían más difíciles de digerir.

EL JARDÍ DELS CINC ARBRES

Sobre textos de Salvador Espriu.

Dramaturgia: Iban Beltran y Joan Ollé. Dirección: Joan Ollé. Intérpretes: Joan Anguera, Ivan Benet, Paula Blanco, Montserrat Carulla, Dani Espasa, Enric Majó, Eduard Muntada, Victòria Pagès, Sílvia Pérez Cruz, Àngels Poch. Teatre Nacional de Catalunya, Sala Gran. Barcelona, 19 de noviembre.

Así es que los intérpretes, algunos de ellos habituales ya en los montajes de Joan Ollé, se ven obligados a hacer el saltimbanqui, cuando no el payaso, nariz roja incluida, como en el caso de Montserrat Carulla, que está francamente grotesca. Menos mal que Paula Blanco tiene dotes acrobáticas y es capaz de hacer la rueda como Dios manda. La escena circense es, desde luego, de las más agradecidas y contrasta con otras más lúgubres que tienen que ver con textos también más sombríos, como Mrs. Death. Otra incorporación de agradecer es la de Sílvia Pérez Cruz, una joven que canta composiciones musicales diversas y canciones populares con una voz bellísima, aunque le sobran (o me sobran) esas dilatadas modulaciones de las que peca también Serrat, por ejemplo.

Total, que el variado desfile de la gente de Sinera -la Laia, la Tereseta, la Trinquis, el trapero, etcétera- tiene sus altibajos, y los intérpretes, sus momentos. De manera que el conjunto, a pesar de los esfuerzos, se hace largo. Joan Anguera asume el papel del protagonista, Espriu-Salom, y no estuvo muy fino la noche del estreno en Barcelona. Esperemos que en las próximas funciones y "en la pau del jardí dels cinc arbres" vuelva a coger la "rara rosa blanca", así como el resto del texto, con más tino.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 24 de noviembre de 2009