Columna
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Los tristes

Es un día magnífico. Tengamos dificultades o nos vayan las cosas bien el sol luce con una medida de calor justa, todo brilla y es un día hermoso. Y debo sentarme aquí a escribir de cosas tristes, no porque no haya problemas sino por causa de quienes nos traen tristeza sin darnos nada a cambio. Este domingo caminarán personas por las calles de Santiago porque hay quien disfruta creando problemas y trayéndonos tristeza. Una cosa es ser serio y otra ser alma triste, las personas de alma triste no debieran gobernar nunca ningún país, tampoco Galicia.

Hay explicaciones para la política de Núñez Feijóo de desmantelamiento de la legislación que protege a la lengua gallega, desde explicaciones sicológicas, autoodio, a cálculos para obtener beneficios personales y partidistas. Es una política muy racional para conseguir los dos objetivos que se pretenden: el principal, dividir a la sociedad gallega, y el secundario actuar con decisión para acabar con el gallego como lengua realmente existente entre nosotros. Probablemente calcularon que les basta una generación más para que el gallego desaparezca sin vuelta atrás: en dos legislaturas, ocho años manteniendo la presión, dejaría de oírse el gallego a nuestro alrededor y sólo se mantendría como una lengua ritual en ceremonias. Es triste esa intención. Uno acaba trabajando de cualquier cosa pero cuando se le pregunta qué quiere ser de mayor casi ningún niño responde, "verdugo". (Ni siquiera la profesión de enterrador o incinerador, que no nos falten, tiene muchas vocaciones). Qué extraña atracción por la soga y la tijera. Y por las bofetadas, bofetadas al niño y la niña que ahora son hombres y mujeres.

No van a conseguir humillarnos; si no les gusta ser gallegos, váyanse con su tristeza

La mujer de las bofetadas llama al programa de una emisora de radio coruñesa en la que vuelven a discutir, otra vez, si A Coruña se debe llamar otra vez oficialmente La Coruña. Es una voz alterada y llena de pathos, no se puede discutir con ella. Está llena de rabia y no negocia, se trata de su vida y su vida no es negociable, como todo el mundo necesita que su vida tenga sentido por eso grita que a ella le "quitaron el gallego a bofetadas" y que está muy bien. Y no se le puede discutir porque habla de su herida y su herida y su rabia son suyas. "Tengo 73 años y llevo toda la vida viviendo en La Coruña. Pues mira, cuando yo era niña, hablaba en gallego, como todos los del barrio, pero cuando fuí a la escuela, me lo sacaron a base de castigos y sopapos. Pero claro, ahora que hablamos castellano, pues a La Coruña le llamamos así, La Coruña, en castellano; y si le llamamos así, por qué nos quieren meter ahora A Coruña?, pues porque nos quieren meter el gallego..." Ese dolor y humillación y la de tantas generaciones de niños y niñas alimenta ahora de nuevo la caldera de la máquina de sumar votos en esa ciudad y en toda Galicia. Generaciones de gallegos han sido tratados como perros, como al perro se les castigó para que aprendiesen los trucos que quería el amo y aprendieron a hacer las gracias que se les mandó. Esos somos nosotros, nosotras, la mujer de las bofetadas es la madre de todos los gallegos y gallegas. Sólo cabe decirle: "No te preocupes, no te harán más daño, descansa. Y puedes hablar lo que quieras, lo que te pete. No consentiremos que te den más bofetadas, ni a ti ni a tus nietos. Descansa". De esa vieja y triste rabia ahogada en el pecho se alimentan esta nueva generación de los de la tijera, confían en nuestra vergüenza.

Confiados en que seguiríamos cargando la vieja vergüenza de ser quien somos, utilizaron la escuela y a nuestros hijos para que trajesen a casa la más triste papeleta. Nuestros hijos carteros de su matonismo, preguntándonos de nuevo si queremos que nuestros hijos sean gallegos así o asá. La utilización de los niños fue la suprema frivolidad, la irresponsabilidad sin límites. ¿Con qué juegan?¿Juegan con todo, con la convivencia, con los niños...? ¿No hay límites?

Mientras, en la vieja Casa Blanca un joven presidente negro juega en la yerba con su perro, se llama Bo. Su nombre es gallego, viene del latín "bonum", y le llegó desde Brasil. El mismo Brasil donde los brasileiros hablan con orgullo la misma lengua que aquí pretenden que nos avergüence. Pues no, no nos avergüenza ser la cuna de esa gran lengua de los juegos olímpicos de 2016, y no van a conseguir humillarnos para que nos avergoncemos. Si no les gusta ser gallegos, váyanse con su tristeza.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 18 de octubre de 2009.