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PUNTO DE OBSERVACIÓN | OPINIÓN

Asombroso dato

Hablar de cifras de hambrientos en el mundo suele producir una cierta incredulidad y, finalmente, indiferencia: ¿1.000 millones, 1.020 millones de seres humanos con hambre crónica? Quizá nos debería bastar con saber el asombroso dato de que hoy hay más personas desnutridas que hace una década, que la cifra se ha estado incrementando de forma lenta pero constante desde 1997 y que la última crisis económica mundial ha llevado la cifra de hambrientos a niveles históricos. Un balance realmente inesperado para un siglo XXI recién comenzado bajo el símbolo de la globalización y la tecnología.

¿Cómo es posible? ¿No se habla todo el rato de ayuda alimentaria, no hay más ONG que nunca, no ponen los Gobiernos más dinero en programas de ayuda al desarrollo? Pues no. Si se analizan fríamente los datos, esa imagen, transmitida por los medios de comunicación y alentada con declaraciones públicas de todo tipo, es falsa. Desde los años setenta, y especialmente en la década de los ochenta y principios de los noventa, las opiniones públicas en los países desarrollados -la tan denostada generación que se identificó con el 68- presionaron lo suficiente a sus Gobiernos como para que se lograran realmente progresos en la lucha contra el hambre, gracias, sobre todo, a que buena parte de la ayuda oficial se dedicó no a enviar sacos de arroz, sino a promover inversiones en la agricultura, el único mecanismo eficaz para reducir y, quizá, erradicar realmente el hambre y la desnutrición.

La generación "del 68" presionó para progresar en la lucha contra el hambre. Después, esa política se ha debilitado

La realidad es que a finales de los años noventa esa política se debilitó sustancialmente. "El número de hambrientos se disparó en todas las regiones, excepto en Latinoamérica y el Caribe", explica el informe de la FAO presentado esta semana en Roma. "Pero incluso en esas dos regiones, los logros en la reducción del hambre se cancelaron debido a la crisis económica y alimentaria de 2005".

Los expertos parecen saber qué es lo que hay que hacer. No se trata de llevar alimentos a las zonas de hambruna (aunque, desde luego, haya que hacerlo a zonas de escasez generalizada para evitar las escalofriantes cifras de muertos por hambre), sino de impulsar la producción agrícola, con fuertes inversiones públicas en desarrollo y adaptación de nuevas tecnologías y técnicas, así como variedades de cultivo.

"A nivel mundial se calcula que el 90% de los incrementos de producción se conseguirán con aumento del rendimiento y la intensidad de los cultivos en las tierras agrícolas existentes, más que ampliando la superficie de la tierra dedicada a la producción agrícola", aseguran en el Foro de Expertos de la FAO. El desafío de potenciar el rendimiento agrícola se hace más urgente a causa del cambio climático, insisten. Un aumento de dos grados en la temperatura media en zonas de producción, sobre todo de baja altitud, bajará severamente los rendimientos. Si no se implantan urgentemente medidas de adaptación, los rendimientos en África, Asia y Latinoamérica podrían caer un 20%.

Ya no se trata de dar un arado, sino de comprar semillas resistentes a la sequía y a las plagas, de acceder y de saber utilizar los fertilizantes, de ayudar a los campesinos pobres a retener el carbono de la tierra. El desarrollo de variedades mejoradas de cultivo es imprescindible. "Muchas explotaciones producen hoy día menos alimentos de los que son capaces simplemente porque no hacen uso de las semillas mejoradas y de las técnicas agrícolas actualmente disponibles", explica la FAO. Eso es lo que está provocando el aumento sostenido del hambre y la desnutrición. ¿Cómo se va a lograr frenar esa catástrofe en África, Asia o Latinoamérica? ¿Quién va a poner el dinero? No serán, desde luego, los inmigrantes que llegan al mundo desarrollado y que enviaban remesas a sus lugares de origen, y a los que ahora queremos expulsar.

solg@elpais.es

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de octubre de 2009