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Crítica:LIBROS | Ensayo

Vulgaridad de buen gusto

Filosofía. El título de esta recensión responde a lo esencial del contenido de este libro, no expresa una opinión general sobre él. Aunque si este último fuera el caso, y según los propios presupuestos del libro, habría de constituir su mayor alabanza. Y ayudaría además al crítico, porque es difícil opinar en bloque, resumiendo, sobre un libro de filosofía así, en el que cada frase dice algo y algo comprensible además. Y si se añade que parece honesto, que está muy bien escrito y que trata de solucionar una cuestión acuciante, la vulgar barbarie en que vivimos, entonces, en un caso tal, no insólito pero casi, digamos que el libro, complazca o no, merece realmente la pena.

Se entiende lo de "vulgaridad de buen tono", o "bella vulgaridad", si ya desde el principio exponemos lo esencial del libro. Pendiendo de una imagen del mundo que una tarde soñó el autor sentado a la sombra de un tamarindo, imagen que le persigue hace más de un lustro y que él persigue ya a lo largo de tres libros (y que acabará donde corresponde, en uno sobre Dios), éste, el tercero de esta serie sobre el "ejemplo", intenta civilizar la cultura, es decir, refinar la vulgaridad y democratizar la ejemplaridad. Parte, enfatizando un tanto, del "prodigio civilizatorio" que significa la moderna liberación del individuo; "bendice" la rebeldía de las masas contemporáneas, el que, en "dignísima pelea" contra la opresión, la esfera de la libertad individual se haya ensanchado "inmensa y dichosamente"; rinde "eterno tributo de homenaje" a la lucidez posmoderna, que nos ha hecho más conscientes y libres.

Ejemplaridad pública

Javier Gomá

Taurus. Madrid, 2009

352 páginas. 20 euros

Pero sucede que no hemos creado recambio para los fundamentalismos e ideologías sobrepasados, que la liberación del individuo no ha significado su emancipación personal ni moral. Al Romanticismo se achaca casi todo, por su subjetivismo autocomplaciente y narcisista, hastiado de sí mismo, que ha conocido todos los excesos del yo y sus profundidades infinitas, que encuentra emoción poética sólo en lo diferente, individual y excepcional, en la libertad sin límites, la originalidad, espontaneidad, rebeldía y exaltación de la diferencia, dice Gomá. Esto ha llevado a la desinhibición de lo individual, a la vulgaridad como "grosera espontaneidad del yo, liberación excesivamente directa de instintos elementales, molesta ausencia de mediaciones culturales y simbólicas", aunque lícita expresión de una individualidad liberada, que vale tanto, tiene tanto derecho a existir y manifestarse como "los más elevados, selectos y codificados productos culturales". Pero puede degenerar en barbarie. Hay, pues, que reformarla, en el sentido de la emancipación moral referida, inclinando al individuo a "inhibir sus instintos, aplazar la gratificación inmediata de sus deseos y enajenar su libertad". Y en ese caso ya, por su verdad, belleza y justicia, refinada con buen gusto, como emancipación genuina -personal y moral- de la igualdad modernamente conseguida, la vulgaridad se convierte en "la categoría político-cultural capital de nuestro tiempo, con relación a la que ha de plantearse en el futuro cualquier propuesta civilizatoria que pretenda ser realista".

Este programa de reforma de la vulgaridad que se propone el libro se basa o deriva en otra propuesta, que viene a apuntalar la solución de las cosas: la de una ejemplaridad pública e igualitaria, de todos frente a todos. Todo hombre es ejemplo para los demás y los demás para él, en una red de influencias mutuas, dentro del "universal vivir y envejecer, común a los mortales", que, por ahora, ya veremos cuando escriba de Dios, es el único a priori de posibilidad de sentido humano para Gomá. Una ejemplaridad ciudadana, persuasiva y no autoritaria, no fundada en el heroísmo aristocrático ni en la diferencia elitista de antes, cuyo contenido no lo provee ahora una supuesta tabla intemporal de valores, revelada por los dioses o inscrita en el libro eterno de la naturaleza, "sino que, por el contrario, es en su mayor parte producto del consenso de una comunidad histórica finita: la que, en una sociedad dada, forman los hombres dotados de buen gusto". (Parece que el buen gusto aposenta en una "estética democrática", en la "bella vulgaridad" de la vida y de las cosas normales, en una "cotidianidad luminosa"). Se trata de un experimento civilizatorio sobre bases finitas, civiles, sobre la experiencia general y común de las personas, donde ancla la primera y fundamental del hombre, la que le constituye en sujeto: "En la 'mediocridad' del individuo que sigue el ancho cauce de la 'buena costumbre'

...".

¿Cómo es posible todo eso, que conlleva "persuadir" al ciudadano de sus deberes autoemancipatorios, "inclinar su corazón a una civilizada autolimitación de sus deseos? ¿Quién y a título de qué y por qué se aventurará a una "paideia para el pueblo" así, universal, ejemplar y normativa? ¿Y desde dónde, si no hay principios ni ideologías de recambio? Es una pena que no podamos hablar de todo, pero léanse el libro y sigan esta comprometida empresa, que intenta por todos modos evitar lo inevitable (la vulgaridad) o conseguir lo imposible (el buen gusto), las dos cosas juntas, y que aquí sólo les cuestionamos por acrecentar su interés. Lean y disfruten, resulta hasta conmovedor seguir el curso de este libro-río, ver cómo se desliza y meandrea, tan sabio como elocuente, por su delicada problemática.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de octubre de 2009

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