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Reportaje:SINGULARES | Daniel Díaz

El mirón al volante

Un taxista 'bloguero' cuenta historias urbanas

La señora paró el taxi junto a una pequeña clínica privada de Arturo Soria. Se notaba, por las joyas que cubrían su piel ya ajada y por lo impecable de su peinado y su vestido, que el dinero no podía ser su problema, pensó el conductor. Acento argentino, modales exquisitos. Alguien importante, se dijo él. Destino: un hotel del centro.

Por el retrovisor el hombre vio cómo la cara de la anciana se iba desarmando. Se echó a llorar.

-Me acaban de diagnosticar un cáncer terminal. Y estoy totalmente sola en Madrid.

La mujer explicó que era la esposa de un hombre muy importante de Argentina. Había venido a España para ser examinada por los médicos. Nadie en su país debía saberlo.

Al conductor nunca se le olvidó.

Anotaba todo en una libreta. Le multaron y lo cambió por una grabadora

"La gente está muy sola, por eso habla. Es muy parecido a los 'chats"

Tenga cuidado la próxima vez que abra la puerta de un taxi libre. Fíjese bien en el hombre que se sienta al volante. Si es cortés, joven, callado y tiene la cabeza rapada, póngase en guardia. Estírese hasta comprobar si sobre sus rodillas hay una grabadora. Cuidado. Estará en manos de Daniel Díaz, 31 años, un taxista que utiliza el espejo retrovisor para algo más que para girar a la derecha.

No importará que usted le hable o se hunda en su asiento mirando las obras por la ventanilla sin despegar la boca. No bastará recurrir al móvil o al periódico mientras el coche le conduce a su destino. El chófer no dejará de escudriñarle, de preguntarse en qué pliegue de su cara se halla lo que esconde. Para él la calle es un escenario y usted el actor principal. Horas o días después esa intimidad temporal estará escrita en la Red, más o menos transformada por la imaginación del mirón.

Daniel Díaz se siente escritor y se gana la vida como taxista desde hace cinco años. Cuando empezó andaba intentando armar una novela. Pero luego pararon su coche turistas en busca de prostitutas, mujeres que se confiesan felices, así sin más, octogenarios tan conscientes de su próximo fin que les daba igual por qué camino llegar a Bailén, ejecutivos que se habían bebido su futuro, científicos de Albuquerque en busca de sus orígenes en España -como el de la carrera en la que se hace este reportaje, entre Francisco Silvela y la T4- y otros personajes urbanos. Entre ellas se subió la mujer del diagnóstico fatal.

Todo lo anotaba Daniel en la libreta de lomos negros que llevaba sobre las rodillas. Y cuando un policía le multó, lo cambió por una grabadora. Así que, arrasado por todas esas presencias, aparcó la novela y abrió un blog. Luego se presentó con otro al concurso que convocó el diario 20 minutos, del que ahora es columnista cada lunes. Y hace meses que ha publicado un libro, Nilibreniocupado (Editores Policarbonados), una mezcla de poemas, pensamientos y episodios inspirados en el taxi. Su bitácora tiene 20.000 visitantes diarios y una media de 70 comentarios por entrada.

"Aquí no paras de aprender", dice Daniel, bajando por la calle de Alcalá en busca de viajeros, algo no tan sencillo en estos tiempos, "la gente está muy sola y por eso habla con el taxista. Es muy parecido a los chats de Internet". Incluso les pone a prueba: mira a través de su espejo cómo reaccionan a la emisora que suena en su habitáculo, o con distintos periódicos que coloca en el asiento trasero. Trabaja de día y se traga las dos o tres horas de espera en la T4 para poder escribir en su portátil.

Y luego está la noche, "en que ves lo que no ves". El mundo de los directivos de fuera de Madrid que salen después de la reunión, que se desatan cuando han bebido, que buscan carne fresca y piden ayuda para hallarla: "Lo qué más rabia me da es cuando se suben tres o cuatro y se dedican a poner a parir a sus mujeres".

Anécdotas, todas. Una última: un matrimonio mayor toma el taxi desde las urgencias de un gran hospital. Se les ha olvidado la cartera. Cuando llegan, el hombre advierte:

-Le dejo a mi mujer en prenda.

-Su marido le acaba de valorar en 12 euros-, le dijo Daniel a la mujer, que se quedó sentada en el asiento trasero.

-Pues menos vale él.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 10 de octubre de 2009