Columna
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El Gran Sur

Hacer turismo requiere un afán fatuo y preconcebido, incluso si los turistas se dejan llevar por la pretensión de no dejarse llevar y avanzan extendiendo mapas sobre el salpicadero, intentando programar el GPS y discutiendo inmediatamente antes de cualquier bifurcación. A la predictibilidad se le agrega un alarde casi tóxico cuando además van en busca de algún lugar de interés sin mención en las guías turísticas, al que se sienten atraídos por pura ñoñería intelecto-sentimentaloide como, por ejemplo, la biblioteca en memoria a Henry Miller situada cerca del que fuera su hogar en Big Sur, el lugar del que dijo: "It was here in Big Sur I first learned to say Amen!".

El sol tocaba el océano y seguíamos sin encontrar el lugar exacto. Temíamos saltarnos el discreto chalet de madera que ya habíamos visto en la página web. Comienzan a escasear los lugares a los que se pueda llegar, por primera vez, una sola vez. Habíamos estado a punto de quedarnos sin gasolina, otra novatada reservada a los turistas que se adentran en ese tramo de la Pacific Coast Highway, una carretera sin andén, convulsa y endemoniada. Quedaban pocos minutos de luz y me acordé de la noche americana de las películas del Oeste. Estábamos en el punto más occidental del continente a aquella latitud, así que consideramos la posibilidad de que aquél no fuera un simple truco barato de cámara, de que las noches allí quizá nunca llegaran a cerrar. Podríamos seguir admirando el Pacífico y reconocer fácilmente el sitio que ya habíamos visto en la pantalla del ordenador.

Lo encontramos tras el revés de una curva, frenamos a tiempo y dejamos el coche a un lado de la carretera.

Nos acercamos por entre los árboles. Entramos en una pequeña librería con algunos recuerdos enmarcados por las paredes. Supuestamente hay una habitación en la trastienda con efectos personales del autor pero me sentía lo suficientemente azarada como para no empeorar las cosas admirando reliquias de esas que no se pueden tocar. Me puse a mirar libros para disculparme. Aquel sitio tenía algo de falsedad bienintencionada, de oportunismo con buen corazón. Me compre un libro flaco, de tapa blanda, baratito, de cualquier modo, editado en Inglaterra. Una edición de Penguin muy cuidada de Naufragios, de Cabeza de Vaca. El cajero me estampó el ex libris de rigor en la segunda página. Ya había oscurecido y nos fuimos de allí enseguida. Comencé a leer el libro esa misma noche en un motel de Carmel. Me asombró que un hombre del siglo XVI pudiera mirar el mundo con los ojos tan abiertos. Me conmovió su candidez, la naturalidad con la que comprendió, instintivamente, comportamientos que supo reconocer como humanos. Admiré su resistencia. Le había hecho seguir avanzando a pie durante ocho años. Debía tratarse de un estado de gracia propiciado por el extravío, el hambre y la inminencia de la muerte. Supe que yo me hubiera acurrucado bajo un cocotero para morir.

Comprendí que nosotros sólo éramos turistas de estómagos llenos, de expectativas contraídas y, a pesar de los mapas, nunca llegamos entender si Big Sur era un pueblo, un accidente geográfico o el nombre de la región. Lo atravesamos de sur a norte sin llegar a atisbar, o a presentir, aquello que hizo que Miller aprendiera a decir amén.

Patricia Rodríguez (Valladolid, 1975) es autora de la novela 19 pulgadas (El Aleph, 2008. 192 páginas. 19 euros).

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 26 de septiembre de 2009.

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