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COLUMNA

La guarida

En su tiempo, este hombre fue un hippie, que no consiguió levantar el vuelo hacia las faldas del Himalaya y quedó varado al borde de un acantilado de la Marina. Allí con sus propias manos construyó su casa. Puesto que uno se pasa un tercio de la vida en la cama, comenzó la obra a partir de una cama ancha y muy confortable. Decidió que tumbado en ella se debería ver siempre desde el cabezal el cielo con todos sus atributos: azul, nublado, lluvioso y estrellado, con Luna o sin ella. Contra todas las normas de la arquitectura moderna, no le importó, en absoluto, la forma exterior que adoptaran el techo y las paredes de este habitáculo. También consideró fundamental que todo el horizonte del mar se metiera en el cuarto de baño para poder divisar el perfil de Ibiza en días claros de mistral sentado en el retrete. Después levantó una cocina muy amplia cuyos ventanales estaban presididos por la inmensa mole de un monte sagrado. Estos tres espacios de la casa se correspondían a las tres funciones esenciales de la vida y al mismo tiempo se hallaban implicados en la naturaleza, presente en todos vanos, como una prolongación de los sentidos corporales. La casa carecía de salón, estudio y comedor. Sólo un jardín salvaje penetraba hasta el fondo de un patio donde recibía a los amigos. Allí había un aljibe con agua de lluvia ligeramente amarga, toldos umbríos y entre los pinos se balanceaban varias hamacas de cáñamo. Por fuera, el edificio parecía un engendro que había ido creciendo informe a medida que la casa se ensanchaba, pero a este hippie ya canoso sólo le interesaba su función orgánica, no la cáscara. La arquitectura moderna se compone de una espuma manierista, pretenciosa por fuera e inhabitable por dentro, que no es sino la propia cola de pavo real que algunos arquitectos megalómanos despliegan ante los políticos y promotores en una especie de cortejo nupcial antes de aparearse con ellos. A la hora de vivir consigo mismo este viejo sabio sólo había exigido que las paredes de su guarida se adaptaran a las necesidades esenciales de su cuerpo y de su alma. "Cuando no hay solución no existe el problema", me dijo entre el humo de marihuana. Luego, sin más, se tumbó en la hamaca.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 20 de septiembre de 2009