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COLUMNA

Economía fantástica

El gran Borges escribió que "la teología es una rama de la literatura fantástica". Pues bien, ¿qué otra cosa puede decirse de la economía? Ni los más encumbrados de sus sacerdotes han sabido pronosticar ni alertar de lo que se avecinaba: los misterios financieros son inescrutables, alegan. Y sin embargo, siguen gozando del máximo prestigio y confiamos en que, a pesar de todo, los líderes políticos sepan dejarse aconsejar bien por estos teólogos (o economistas).

En la coyuntura en la que nos encontramos, ¡cómo no comprender al capitán Nemo! Aquel ser doliente y brillante que huyó del mundo mezquino de los hombres para refugiarse en el fondo de los mares, juntando en su pequeño mundo submarino todas las bellezas coleccionables. En Veinte mil leguas de viaje submarino, Julio Verne nos cuenta cómo era la biblioteca del Nautilus: altos muebles de palisandro negro, con estanterías que terminaban en amplios divanes de cuero marrón, y que reunían unos doce mil volúmenes, entre los que abundaban "los libros de ciencia, de moral y de literatura"; ahora bien, "no vi ni una sola obra de economía política, disciplina que al parecer estaba allí severamente proscrita". En efecto, Verne parecía saber que la forma más radical de huir del mundo es huir de la "economía política", así como de la "política económica", que no es lo mismo, pero que comparte con la anterior los misterios de la conjunción de ambas disciplinas.

Sin embargo, en nuestro mundo terrenal, zarandeados por una crisis que a todos nos afecta, no tenemos más remedio que adentrarnos en los enigmas inescrutables de la economía y la política. Y mira que nos gustaría comprender hacia dónde nos dirige el Gobierno, mira que nos gustaría confiar en esa "Economía Sostenible" que no deja de anunciar el presidente Zapatero. Pero qué difícil nos lo pone. Entre que juega a dar pistas (o des-pistas) sobre que subirá algunos impuestos directos (como los de la renta de capital, o no) e indirectos (como el IVA, o no), y entre que repite eso de que debemos ir hacia un "nuevo modelo económico", pero a saber cuál, los ciudadanos nos quedamos desconcertados, entre desamparados y furiosos.

Se supone que desde una economía basada en la construcción y el turismo deberíamos encaminarnos hacia otro modelo que impulse una industria innovadora donde prime el conocimiento, la I+D+i, las energías renovables, la competitividad exportadora, etcétera. Pues bien, nos enteramos entonces de que, al mismo tiempo, el Gobierno baraja una reducción del 37% del dinero destinado a financiar los proyectos de I+D. Es decir, que se nos vende una "Economía Sostenible" que no considera fundamental invertir en investigación, ciencia y desarrollo tecnológico. Y ello, hasta el momento, no ha merecido ni portadas ni editoriales ni discusiones ni escándalos... Como si tal cosa. Oh, Nemo, ¡qué placidez la tuya!

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 16 de septiembre de 2009