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indiana en la playa

MAR O MONTAÑA

Dada la escasez de noticias arqueológicas, si exceptuamos que Zahi Hawass se ha lanzado en busca de la princesa requetemuerta Mutnodjmet y que vuelve a oler a quemado en la Acrópolis como en los tiempos de Jerjes, parece un buen momento para abordar el tema de si mar o montaña. He pasado la mitad de las vacaciones en Formentera y la otra mitad en el reducto seudoalpino de Viladrau (Girona), lo que me coloca en una posición privilegiada para opinar. En términos de fiesta, arena blanca-mar azul (como cantaban Romina y Al Bano), chiringuito, carnalidad y relaciones exogámicas no hay duda: playa. Intimidad, trucha, vida espiritual, deporte serio, seguir el rastro de un tejón, bailes tradicionales e impagables veladas de críticas a los amigos ausentes, que diría Larry Durrell: montaña.

Pasar de un mundo a otro no siempre es sencillo: tuve que quitarme la mitad de las pulseritas de los hippies, desechar los tejanos cortados y disimular mi completo moreno (¡) al cambiarme en los vestuarios de la piscina del Club Viladrau, cuyo lema extraoficial, por cierto, es la estrofa de Guantanamera "los arroyos de la sierra me complacen más que el mar", una declaración de principios. Este microcosmos, el de la piscina, tiene su atractivo: el crawl luce más porque no hay olas, no te pican las medusas y si pones el iPod sin volumen y te haces el dormido escuchas unas conversaciones escandalosas en las toallas de al lado. Hasta en la piscina, no se crean, te puede perseguir la aventura: el otro día Pau, que parecía un hombre cabal, me explicó sus recientes peripecias en el Awash etíope en motocicleta. Con el agua por la cintura hablamos de la fastidiosa costumbre afar de castrar a los visitantes -tradicionalmente, si un hombre no le ofrece a su esposa los atributos de un extranjero ésta cuestionará su virilidad y le pondrá siempre moscas en la leche: qué curioso (y peligroso) lugar es el mundo-. En aquel mediodía cálido de paz, vencejos y exceso de cloro, chapoteamos en homenaje al añorado Wilfred Thesiger, explorador pionero de la vieja tierra danakil. Pau, déjenme aclararlo, volvió con todo lo puesto.

El amor: parecería que el mar le es más favorable, con el cuerpo libre, la extensión horizontal de la playa y la relajación de las costumbres. Por no hablar de las casitas de las barcas. Pero la montaña ofrece la complicidad del bosque, el interés de lo rural tan glosado por Lady Chatterley y el ejemplo eterno de Cumbres borrascosas. En fin, ¿por qué diablos habríamos de elegir entre Lord Jim y Heathcliff? Mar y montaña.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 28 de agosto de 2009