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Crítica:Discos | MÚSICA

Béatrice Ardisson, la reina del 'remix-chic'

Se ha especializado en descubrir versiones raras de hits convertidos en clásicos. Su última entrega: Bob Dylan

Desde que en el año 2000 se publicó el primer volumen de Paris Dernière en el sello Naïve, la cover se transformó en objeto con IVA y el remix-chic, en la nueva cirugía de moda. Béatrice Ardisson, que había hecho su aprendizaje como estilista en los escenarios parisienses, aplicaba a partir de ese momento su corte y confección de autor al universo de las versiones y tributos musicales. El invento musical presentado con el grafismo estilizado de Florence Deygas no dejaba de tener su originalidad y acababa por ser un catálogo de extravagancias y rarezas. Ardisson figuraba como la abanderada de un fenómeno donde el músico dejaba paso al estilista-ambientador como creador y responsable, y las canciones como el combustible atmosférico ya fuera con la firma del hotel Crillon o la casa de moda Louis Vuitton. A partir de ahora, Karl Lagerfeld o Pedro Almodóvar iban a ser la vuelta de tuerca de una industria discográfica que buscaba nuevos embajadores mediáticos para hacer frente a la magnitud de la tragedia que se avecinaba. La última entrega de este prêt-à-porter de la diseñadora musical viene con tarjeta de embarque dylaniana, y después de haberle dedicado ediciones monográficas a David Bowie y a Clo-Clo Claude François, le toca al genio de Duluth pasar por el túrmix estilístico y el hit-parade hecho a medida. Desde que Marlene Dietrich entonó -es un decir- Blowing in the wind a ritmo de bossa nova bachariano quedaba claro que la melodía dylaniana tenía cuerda para rato y resistencia a todo tipo de botox interpretativos. Béatrice Ardisson cose una nueva pieza en el patchwork del autor de Like a Rolling Stone mientras en los últimos años se suceden las visitas al catálogo del cantante-letrista. Practicante del lifting estilístico frente al dictado de la novedad, Ardisson sabe que el público suele decantarse por la isla de los recuerdos. A fin de cuentas aquello que nos produce placer y seguridad no es el estigma de lo diferente sino la marca que nos hace idénticos. Y esta marca igual pueden ser las canciones de los Beatles en versión de los Indios Tabajaras que las de Dylan en diferentes cocciones y mixturas.

Gracias a discos como Dylan Mania prolongamos la sensación de vivir el viaje interminable y destino cosmopolita, y ya no sabemos si nos encontramos en el chiringuito de una playa de Ibiza o en el hall de un hotel de Cancún o de Marraquech. Las canciones de Dylan se maquillan en balada tecno para bailar a la luz de la luna o para degustar con el último Margarita. Aquí y como parte de este menú internacional hay versiones ya clásicas y gusto glam como el A Hard Rain's A Gonna Fall de Brian Ferry, como precedente estilístico o de la última hornada, el Knockin on Heaven's Door de Anthony & The Johnsons, convertida en pieza canónica de la épica dylaniana. Hay incursiones ingeniosas como el Mr. Tambourine Man a cargo del japonés Kumisolo o tirando a lounge y setenteras como el Just Like a Woman de Minimatic. Hay Dylan para rato. -

Dylan Mania. Mania, une collection obsessionnelle de Béatrice Ardisson. Naïve.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de agosto de 2009