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Reportaje:ventanas | Coyoacán | viajes

EN EL LUGAR DE LOS COYOTES

Cuartel general de Hernán Cortés y escenario de las andanzas de Trotski, Chavela Vargas y Frida Kahlo, el barrio es un oasis de casas bajas en la inmensidad de Ciudad de México

Coyoacán es un remanso de casas bajas, coloniales en su mayoría, desperdigado diez kilómetros al sur del centro de ese monstruo inabarcable que se llama Ciudad de México. Los dos coyotes de hierro que se bañan en la fuente del jardín Centenario, corazón del barrio, han visto desfilar por sus narices buena parte de la historia del siglo veinte mexicano. Los viejos cronistas cuentan que el conquistador español Hernán Cortés preparó su incursión al entonces valle de Tenochtitlán desde los terrenos donde hoy se erige el barrio. Del mismo modo relatan que, siglos más tarde, en una casa coyoaquense, el pintor Diego Rivera destartaló de un solo tiro un gramófono durante una fiesta inundada de boleros y tequila.

El disfraz del Enmascarado de Plata está a la mano del viandante

El jardín Centenario es parte de una plaza dividida en dos, la otra mitad se llama plaza Hidalgo. Un lugar grato para disfrutar el día, y asistir a una muestra exuberante de colores: los tonos pastel de las fachadas que la rodean, se suman al colorido de los mercachifles de variedades, atiborrados con piñatas, globos, rehiletes y pájaros que leen la fortuna. El disfraz del Santo el Enmascarado de Plata, personaje mítico de la lucha libre mexicana, se encuentra a la mano del viandante a lo largo de pequeños mercados conocidos como tianguis, donde se ofrecen todo tipo de artesanías indígenas. Frente a la plaza, la iglesia de San Juan Bautista pasa revista desde 1583 a los madrugadores juiciosos, que se santiguan antes de entrar a misa, así como a los desabrochados noctámbulos, que regresan tras haber arreglado la República en una cantina.

A escasos diez minutos andando desde el jardín de los coyotes, en la calle Londres, que hace esquina con Allende, a la altura del 247, se encuentra la casa donde nació y murió Frida Kahlo. El museo Casa Azul exhibe una pequeña colección de obras de la artista (Viva la Vida y la desgarradora Frida y la Cesárea, entre otras), un patio central con maravillosos nopales (cactus) y las habitaciones, aún intactas donde Frida Kahlo pernoctó las últimas noches de su vida. Los retratos de Lenin, Stalin y Mao Tse Tung, reposan impávidos sobre la mesa de noche.

Al entrar en la cocina de la casa museo, se tiene la extraña sensación de que el tiempo se detuvo en los años cuarenta del siglo pasado. El olor a tortilla de maíz todavía se puede percibir, y en las ollas de barro negro se hace fácil imaginar sus platos preferidos: el mole de pato, los tamales de frijol, o los huauzontles, que a pesar de su complicado nombre, no son más que pequeños pasteles de hierbas con queso.

Las calles de Coyoacán están tapizadas en adoquín, y el verde de los añejos árboles hace sombra al paso del tiempo y de las historias que se suceden una tras otra. Una mañana de mayo de 1940, el tableteo de las metralletas alertó y puso a salvo a León Trotsky del primero de los dos intentos de eliminarlo. Dos meses después, el estalinista catalán Ramón Mercader no fallaría: con un zapapico de montañero asestó un golpe certero en el cráneo del líder soviético. La habitación con los orificios de proyectil y el estudio donde cayó inerte Trotsky son lugar de visita en la casa museo (que parece un fortín) de la calle Viena.

Buena parte del encanto de Coyoacán radica en que conserva su ambiente de pueblito del siglo XIX. La cantina La Guadalupana y el bar El Hábito son un buen ejemplo. El primero, en la calle Higuera 14, sirve en sus manteles, desde 1932, un cabrito que goza de reconocimiento. El segundo, en la calle Madrid 13, acoge en la barra a poetas inéditos, estudiantes vagabundos y militantes de algún partido político en vías de extinción, desde 1953. Tras una larga ausencia, Chavela Vargas regresó a los escenarios en esta sala, una noche estrellada de 1991.

Su voz herida todavía retumba en El Hábito, quizás cantando Un mundo raro, esos versos célebres de su amigo y admirado José Alfredo Jiménez, uno de los grandes cantantes y poetas populares de América Latina:"Y si quieren saber de mi pasado, es preciso decir otra mentira. Les diré que llegué de un mundo raro, que no sé del dolor, que triunfé en el amor y que nunca he llorado".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 21 de agosto de 2009