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Editorial:

Una treta despreciable

La dictadura birmana prolonga el arresto de la líder opositora para eliminarla de las elecciones

El régimen militar de Myanmar (la antigua Birmania) se ha felicitado a sí mismo, a través de la prensa oficial, por el "arreglo beneficioso para las dos partes" con que ha resuelto el juicio contra la principal opositora, la premio Nobel Aung San Suu Kyi. Con la astucia primaria del tirano, la Junta Militar solicitó cinco años de prisión para ella, le ha condenado a tres de trabajos forzados y ha conmutado de inmediato esa pena por la de 18 meses más de arresto domiciliario, situación en la que ya se encontraba y en la que se encontrará cuando se celebren las elecciones previstas para el año 2010.

Eliminarla de la competición era el objetivo real de ese juicio contra la líder opositora, que ha pasado en prisión o arresto domiciliario la mayor parte de los 19 años transcurridos desde que en 1990 la Junta Militar se negó a reconocer su victoria electoral al frente de la Liga Nacional para la Democracia. El pretexto para esta última condena fue que San Suu Kyi acogió en mayo pasado en su casa durante dos días a un norteamericano que llegó nadando a través de un lago a fin de comunicarle "un mensaje de Dios".

La nacionalidad de ese iluminado, que ha sido condenado a siete años de cárcel, ha facilitado la iniciativa norteamericana de enviar al país asiático a un senador próximo a Obama, que intentará negociar, como Bill Clinton en Corea, la liberación de ambos condenados. La oposición ha expresado su temor a que los militares traten de utilizar esa visita como prueba de que su régimen no está tan aislado.

Por su parte, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas se limitó ayer a aprobar una poco comprometida declaración de condena contra la Junta Militar. El veto de Rusia y, sobre todo, China, impidió adoptar una posición más dura que incluyera sanciones económicas como las que ya aplica Estados Unidos y que Hillary Clinton había prometido aliviar si San Suu Kyi era liberada.

Pekín es el principal aliado de los militares birmanos, con quienes mantiene importantes relaciones económicas, sobre todo energéticas, desde la instauración, en 1962, de una dictadura militar con pretensiones izquierdistas. El régimen ha insinuado su intención de iniciar una apertura, de la que formarían parte las elecciones del año próximo. Pero una apertura controlada, como suelen soñar los dictadores, y para ello necesitaban eliminar a quien ya les ganó en 1990.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de agosto de 2009