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indiana en la playa

Aventuras marinas

Tres aventuras marinas han confluido en mi jornada postrera en Formentera y mi salida de la isla de moda. He sabido más detalles, por su propia boca, de la loca odisea del tipo que llegó hasta la playa de Mit-jorn desde Menorca navegando en un Hoby Cat, un catamarán de apenas cinco metros, y con provisiones tan escasas que de haber errado el tiro habría tenido que comerse a sí mismo. El valiente se llama Rufino Ruiz, Guido, decidió hacerse a la mar porque sí, en plan Vespucio, y cuando llevaba nueve horas y le entró la intranquilidad que para un mortal corriente sería soberano acojone fue el tío y paró haciendo señas con la camiseta a un mercante polaco. Se abarloó y al preguntarle el asombrado capitán -no consta que se llamara Konrad Korzeniowski- si avisaban a salvamento marítimo, contestó que no, que sólo quería saber si iba bien para Formentera. Lo iba. Tardó en llegar 14 horas, la última de noche acompañado a lo Dionisio por delfines que, sentado como iba en uno de los flotadores, le ponían el morro en el muslo. Yo es que me ahogo del susto. El viernes quiso llevarme a dar una vuelta en su baqueteado patín, pero yo vi algo raro en su mirada y me imaginé mano a mano en un océano salvaje rumbo al fin del mundo sabiendo que siempre pierdo a la pajita más corta. Para mí que el tal Rufino es en realidad el Holandés Errante.

En fin le dejé el sábado en Formentera convertida en su Patusán y viajé de vuelta a Barcelona en el Isla de Botafoc de Balearia, en cubierta cerca de los botes y releyendo para conjurar la aprensión que me produce el mar mi Lord Jim. Pero al abrirlo al azar salió: "No hay nada que pueda salvarle. Es hombre al agua". Así que me pasé a las memorias de la II Guerra Mundial de Geoffrey S. Kirk Hacia el mar Egeo (Gredos, 2009). El célebre helenista pasó la contienda capitaneando un caique que había pintado de rosa pastel por confusas razones de camuflaje y desde el que desembarcaba agentes secretos y comandos en las islas griegas ocupadas por los nazis. Aprovechaba para visitar ruinas y en una ocasión convenció a los militares turcos que le habían hecho prisionero para que le acompañaran a ver el templo de Apolo en Dídima. Mientras disfrutaba con las emocionantes y divertidas aventuras de Kirk fue cuando los lavabos del Isla de Botafoc dijeron basta, empezaron a rebosar y fueron clausurados. Eso ensombreció el ánimo del pasaje hasta que el barco pareció La Perla Negra y bajo los baos se alzó con creciente rabia el oscuro murmullo del motín.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de agosto de 2009