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COLUMNA

'Reconditismo agudo'

En los últimos meses han ido apareciendo varios títulos importantes de grandes contemporáneos sobre el viaje, un tipo de literatura que siempre se nos ha dado misteriosamente mal a los españoles y que parece que sólo hacen con verdadera convicción los anglosajones y los centroeuropeos. Desde El arte de viajar, de Claudio Magris, o Las rosas de piedra, de Llamazares, hasta las últimas reediciones de libros como Mediterráneos, de Chirbes, o Los anillos de Saturno, de Sebald, la literatura de viajes parece estar en boga y en periodo de salud editorial excelente.

Poco tienen que ver, realmente, estos ecuánimes y maravillosos libros con un tipo de viajero tan español (que quizá, por otra parte, merecería él mismo un ensayo crítico) y del que quien más o quien menos ha tenido noticia y ha sufrido en sus propias carnes, aquejado del mal que podría denominarse con el nombre de "reconditismo agudo". Reconditismo agudo es esa extraña influencia contemporánea primermundista que lleva a tanta gente a sufrir meses enteros de disentería y penalidades sin nombre para estar viviendo tres días con la última tribu mongola de la estepa, y no precisamente porque sienta un gran interés humano o sociológico por la tribu en particular, sino por una extraña mezcla de machada, insensatez severa y autosuperación mal entendida mezclada con un discurso filantrópico que no creen ni ellos mismos.

La extraña convicción que tenemos los occidentales (y que desde luego, lo hechos no confirman) de que viajar nos hace más sabios, mejor dispuestos, más abiertos y más humanos queda constantemente en entredicho cuando vemos regresar a ese amigo que ha estado a punto de morir en el Tíbet sin entender una sola palabra de nada (ni de los tibetanos ni de sí mismo), tan feliz como el niño que se ha tirado del árbol sólo para comprobar que no se mataba. Peor aún es que ese amigo que acaba de volver del Tíbet (y que tal vez habría sacado más provecho leyendo sencillamente un libro) llega a nuestra casa con los ojos brillantes, abominando de Occidente, convertido al budismo, vistiendo como Ghandi y asegurándonos que no tenemos ni idea del sentido de la vida. Sterne sabía que todo viaje es sentimental, pero no comentó que viajar puede ser también tan sin sustancia, tan banal y, sobre todo, tan frívolo, como pasarse la tarde entera haciendo zapping en el sofá de la propia casa.

Que hay excelentes viajeros quién puede dudarlo, pero tal vez sea más razonable pensar que toda ciudad, espacio, catedral o bosque milenario quedará inmediata e irremediablemente reducido a los límites mentales de su visitante. Y "reducido" aquí es una palabra particularmente apropiada. Hay pocos buenos viajeros porque hay pocas personas sabias, y que esta afirmación más o menos chusca sea aplicable a casi todo no la hace menos cierta. En realidad uno casi siente más simpatía por aquellos que deciden esconderse en un ressort, colgarse una pulsera naranja y pasarse en fermentación una semana playera, que por aquellos que cruzan Afganistán a pie (o cualquier cosa que al más loco de los afganos ni siquiera se le ocurriría hacer) para regresar a casa y decirnos: "Admírenme, lo he hecho". Habría que responderles como Oscar Wilde: "Ah, pero usted... ¿todavía viaja?".

Andrés Barba (Madrid, 1975) es autor de, entre otros, Ahora tocad música de baile (Anagrama), La alucinante historia de Juanito Tot y Verónica Flut (Siruela) y La ceremonia del porno (Anagrama), coescrito con Javier Montes y con el que obtuvieron el Premio Anagrama de Ensayo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de agosto de 2009