Reportaje:ventanas / Tel Aviv | viajes

Ciudad del último día

Canta, pájaro hermoso, cuéntame maravillas de los países lejanos.

¿Acaso allá, en la tierra templada y hermosa, abundan también las penas, las calamidades?

Haim Najman Bialik, poeta nacional israelí, escribía estos versos en 1891, muchos años antes de emprender su viaje a la tierra templada desde una Europa oriental que perseguía a los judíos. El calor es asfixiante, húmedo y pegajoso en la canícula. Apenas circulan vehículos y los primeros clientes aparecen en las cafeterías de Tel Aviv, una ciudad intensa y a menudo atropellada, salvo ahora, en las horas mañaneras de un sabath veraniego. Bialik, nacido en Rusia, estudiante en Lituania, residente en Alemania y educado en escuelas talmúdicas, se despegó poco a poco de las experiencias religiosas, aunque admirara el tesón de los creyentes, y se embarcó en la aventura sionista. Sólo podía desembarcar en Tel Aviv.

Agradecerían un repaso muchos de los 4.000 edificios con la firma Bauhaus
La ciudad está en ebullición urbanística. Y los precios son desorbitados

El cantante David Broza recuerda que su madre le contaba cómo de niña, en los años veinte del siglo pasado, su vecino Bialik jugaba con ella. La casa del escritor, en la calle que lleva su nombre, es hoy un pulcro museo en una zona sorprendentemente tranquila, en el corazón de una urbe apasionada, cosmopolita y vibrante en la que el paso del tiempo deja su huella. Porque justo cien años después de que 66 emigrantes rusos fundaran la ciudad, Tel Aviv necesita una mano de pintura.

No en las enormes torres que se alzan ahora en céntricos barrios emergentes, antes degradados y ahora poblados por yuppies empleados en las sedes bancarias. Pero sí agradecerían un repaso muchos de los 4.000 edificios Bauhaus -Patrimonio de la Humanidad- diseminados por la ciudad y los edificios eclécticos, algunos coronados por una suerte de pagodas que desentonan o no desentonan. Joyas alzadas en el enjambre de calles bautizadas casi siempre con nombres de pioneros sionistas, de mecenas de la causa, de artistas judíos... Algún minarete de una mezquita es testigo de que la ciudad se fundó sobre las ruinas de siete aldeas palestinas. Y, omnipresente también, la espantosa arquitectura de la década de los cincuenta -bloques rectangulares de pisos anodinos, aroma soviético- fuerza a mirar para otro lado. Todo se mezcla en un laberinto de calles curvas. Cuesta orientarse si se pierde la referencia del mar.

"Tel Aviv es decadente. Una locura con una energía incontrolable que se percibe en el aire. Siempre parece que es el último día de tu vida. Salvo en sabath", comenta Broza. Porque vitalidad sobra a raudales. El lugareño, no digamos si es joven, es una persona inquieta y curiosa, que todo lo pregunta al extranjero. Lo primero: ¿de dónde eres? Y es que, explica el cantante: "Aquí nunca sabes quién es quién. Puedes hablar con alguien de tez oscura y te dice que su familia es de origen polaco". Es un melting pot sólo comparable, quizá, a Nueva York.

Neve Tzdek, oasis de justicia en hebreo, fue el primer barrio de Tel Aviv. Una zona de casitas, cafés y tiendas coquetas a las que no hacen justicia los rascacielos que se alzan a sus espaldas, en los aledaños de la avenida Rothschild, donde David Ben Gurión declaró la independencia en mayo de 1948. Un caos manejable preñado de restaurantes de calidad difíciles de hallar en otras ciudades israelíes y bares repletos hasta las tantas, una ciudad que abandera la causa gay, desenfadada, casi vacía de kipás, y con una extensa playa atestada de tangas los sábados.

La ciudad está en ebullición urbanística. Precios desorbitados. El café Bialik, esquina con la calle Allenby -el general británico que arrebató Jerusalén a los turcos-, está condenado al derribo. Las ordenanzas municipales no lo protegen por no ser un edificio Bauhaus, aunque fuera uno de los primeros locales en los que se ofrecieron conciertos en Tel Aviv. Tiene sabor, y sus paredes están pintadas con los mismos colores vivos, aunque demacrados, que dominan la casa del poeta. La especulación se lo va a tragar, dice triste la encargada. Una calamidad incomparable a los dramas a los que aludía Bialik en su poema. "Creo que en Tel Aviv", comenta Broza, "predomina la mentalidad de que vivimos al borde de la tragedia". Tal vez por eso se vive a toda prisa.

Jóvenes israelíes celebran el <i>Love Parade</i> en Tel Aviv. Al fondo, el minarete de la mezquita de Hassan Beck.
Jóvenes israelíes celebran el <i>Love Parade</i> en Tel Aviv. Al fondo, el minarete de la mezquita de Hassan Beck.AFP

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