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Tío bueno

Todo lo que ocurre en la tele adquiere un aroma de acontecimiento. Y todo es efímero y se repite. Ángel González decía que la historia de España es como la morcilla: se hace con sangre, "y se repite". Ves a Obama en Moscú, y sucesivamente ves a Reagan y ves a Bush. Y ves el chupinazo de San Fermín, y ves todos los chupinazos de la historia. En el telediario de ayer (TVE-1) una chica decía: "Dormiremos lo imprescindible, una hora". Como Hemingway, es decir, como siempre.

En el mismo telediario del chupinazo, el día en que Camps camina hacia el juicio por cohecho, Ana Blanco le dio paso a Ana Romero, en Los Ángeles. Allí la tele prepara el funeral de Michael Jackson. Tiene tanto poder la noticia de la muerte del monstruo del pop que la sucesión de noticias sobre lo que ocurre con su cadáver es como la secuencia de una fiesta. Dan una entrada para ir: como en una competición. El que salga victorioso levantará los dedos en señal de victoria: "Yo estuve allí en el entierro".

El periodista que ayer tarde subrayaba la larga espera de los aficionados del Real Madrid para ver por la noche a Cristiano Ronaldo decir que sí a su enlace con el club blanco lo dijo con esas palabras: hacen cola para decir luego "yo estuve allí". Envejeceremos y quizá no recordemos dónde estuvimos, pero ahora la fiesta, el entierro, la presentación del héroe efímero, nos hacen exclamar lo mismo en cualquier sitio: "Yo estuve allí". Una chica explicó qué esperaba: "Espero al tío bueno". El tío bueno aparecía con gafas de sol haciendo esfuerzos sobre la dinámica extraña de un andador.

En otros sitios la gente desespera. Miren Honduras, o China. Ahí nadie hace cola para celebrar que venga un tío bueno a hacer así con la mano desde un escenario hecho para la tele. Los militares disparan, y el silencio que ocurre ya no convoca a una fiesta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 07 de julio de 2009.

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