Columna
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¿Un líder socialista?

¿Es posible ganar al Partido Popular valenciano en unas elecciones? Claro que es posible: siempre que se cambien ciertas cosas; siempre que el Partido Socialista sepa sacudirse el lastre que arrastra. ¿Y cuál es ese fardo? Desde luego, es una organización con gente sensata y muy valiosa, no siempre reconocida; pero también es un partido con cuadros acoplados y rutinarios, con dirigentes previsibles. Una organización ganadora no puede premiar la inoperancia, la repetición, la desconfianza, el puro hábito.

El activismo no es algo antiguo. Es una necesidad en la era mediática. Hay que ocupar los medios, hay que crear la agenda -que dicen los anglosajones-, hay que marcar el orden de lo importante o lo relevante, provocando la atención de la prensa y de las televisiones. Hay que establecer redes verdaderamente influyentes y hay que generar todo tipo de acontecimientos reales y virtuales.

Francisco Camps lleva meses -qué digo meses: lleva años- mostrándose como un mártir del Gobierno de Madrid, como un damnificado de los socialistas: algo así como un valenciano de bien que estaría siendo acosado. Si no puedes ser atractivo, al menos preséntate como un mártir: ésa es su divisa. Con ello, los electores no le faltan: acuden y le apoyan porque ven en él a un crucificado. ¿Que hay presuntas corrupciones? Yo sólo veo a una víctima, dirán.

En cambio, los simpatizantes del Partido Socialista parecen muy dengosos: que si sí, que si no, que los míos me han decepcionado, que no cumplen lo prometido. Los socialistas han de saber vender, cierto. ¿Y su clientela afín? Ha de reconocer que aquellos que le representan son lo que son. Como todos: manifiestamente mejorables, humanos, demasiado humanos. ¿Algo más? Mucho más. Para empezar, hay que convocar un congreso extraordinario (¿por qué no?) que sirva para afianzar o cambiar al líder de la organización. Ha de demostrar ideas y ha de saber transmitirlas.

Hay que apoyar a un candidato o a una candidata que sea políticamente atractivo, que despierte entusiasmo, que pueda generar encanto entre los indiferentes o entre las clases medias. Hay que encontrar a un político que posea el don de la oratoria, alguien que cuente una historia clara, su propia historia y la que el público también quiere escuchar, alguien que persuada.

Hay que apoyar a un candidato al que se le vean la solidez y la honestidad, que sepa reunir, aglutinar; que logre decir lo que hay que decir con gestos precisos, mostrando honradez y picardía: dueño de la palabra exacta. Hay que promover a un líder que tenga nivel intelectual -que no abochorne con ideas banales- pero que a la vez tenga tirón popular, que sepa captar la simpatía de un amplio sector, ese que sin tener inquietudes refinadas ocupa el espacio.

Hay que apoyar a una persona que no dé la imagen de cansancio, de hastío, de repetición. Hay que elegir a alguien que transmita algún tipo de entusiasmo, a alguien que sepa imantar las miradas, provocando también un efecto de sinceridad.

¿Qué pido? ¿Un líder carismático? No: busco un dirigente que esté por encima del sectarismo, capaz de reconocer lo que el rival hace bien para combatir mejor las corrupciones de ese adversario. El partido quedará galvanizado por un líder así. ¿Y la organización rival? Por favor, levanten la vista, no gasten todo su tiempo mirando Canal 9. ¿Y la coyuntura europea? Por favor, echen un vistazo a Norteamérica.

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* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 10 de junio de 2009.