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Tribuna:

Consejos a los eurodiputados

Tras una campaña tan gris, uno se siente tentado a aconsejar a los nuevos parlamentarios europeos que se limiten a tomar iniciativas modestas. Dan ganas de decirles que, ya que no han despertado el interés de los ciudadanos por las grandes cuestiones, deberían dedicarse a las pequeñas, como la estandarización de los cargadores de los teléfonos móviles o el etiquetado de los productos alimentarios (y procurar no revisar la composición del vino rosado). La legitimidad, al fin y al cabo, también se construye de abajo arriba.

Pero no van a poder dedicarse a labores sencillas. En los cinco próximos años, la Unión Europea ha de superar una prueba triple.

La primera es económica. Cuando los Estados se empeñan en respaldar a un sector u otro de la industria o en ayudar a tal o cual empresa, el mercado único europeo se descoyunta. Los bancos, que hasta ayer eran defensores acérrimos de la internacionalización, se han dado cuenta de hasta qué punto depende su supervivencia del apoyo presupuestario nacional. De mejor o peor gana, muchos se han replegado a sus bases, y los que continúan compitiendo en el mercado europeo lo hacen en unas condiciones distorsionadas debido a que los apoyos nacionales no están armonizados. Las pruebas de solidez que se supone que determinan el estado de salud de las compañías financieras no se realizan a nivel europeo, sino a nivel nacional. Los resultados, sin duda, serán difícilmente comparables de un país a otro. Y a este mismo nivel se tratan los problemas de la industria automovilística, con el objetivo prioritario, confesado o no, de mantener el empleo dentro de las fronteras de cada país, y en detrimento de los vecinos. Éste fue el caso de PSA y Renault ayer, de las filiales de GM hoy, y lo será también mañana de muchas otras empresas.

Los partidarios de soluciones europeas deben enfrentarse tanto a nacionalistas como a liberales

Es evidente que no hay nada que obligue a tratar estos problemas a nivel nacional. En el decenio de 1980, la reestructuración de la industria siderúrgica se dirigió, en gran medida, desde Bruselas, en un momento en el que el reto, en lo que a puestos de trabajo se refiere, era tan fuerte como hoy y en el que, pese a la CECA, la integración económica estaba menos avanzada.

Europa corre hoy el riesgo de echar por tierra uno de sus grandes éxitos y una de sus grandes bazas en la mundialización.

Y es aquí donde empieza la segunda prueba, política ahora. A mediados de los años ochenta, respondiendo a una iniciativa de Jacques Delors, los federalistas que querían construir Europa firmaron una alianza con los liberales que querían demoler el Estado. Esta alianza funcionó hasta los primeros años del decenio de 2000: ambas partes se proponían, por motivos opuestos, arremeter contra el Estado-nación, y cada cual se servía de la otra para alcanzar sus propios objetivos. Posteriormente, la alianza se desequilibró al deshincharse el proyecto federalista, y desde entonces la construcción europea ha ido tomando visos de empresa liberal. Ahora el contexto es de replanteamiento de los modelos liberales y de reevaluación del papel del Estado.

La respuesta reside en la reconstrucción de las regulaciones públicas a nivel europeo. Se trata, por ejemplo, de la supervisión financiera y bancaria y todo lo que ello implica. Pero los partidarios de las soluciones europeas tendrán que enfrentarse a las resistencias conjuntas de los defensores de la soberanía de los Estados nacionales y de los liberales. Necesitarán imaginación y talento, porque no está garantizado que su proyecto vaya a encontrar una alianza política que lo respalde.

La tercera prueba es funcional. Ha quedado demostrado que en momentos de crisis la Unión Europea es una gestora bastante mediocre. A excepción del Banco Central, sus instituciones siguieron viviendo durante mucho tiempo al mismo ritmo que antes a la crisis. En el peor momento del pánico bancario, fue la presidencia francesa la que orquestó la respuesta, una respuesta en gran medida ad hoc. Frente a la crisis de Europa central, las instituciones se paralizaron.

Hay que decir, en descargo de la Unión, que no se creó para gestionar las crisis. Mientras que los Estados nacionales se construyeron para hacer la guerra y la mayoría conserva todavía una capacidad de decisión en tiempo real, la Unión se fundó sobre las bases del derecho y del rechazo de la decisión discrecional. Pero el ritmo y el carácter imprevisible de la secuencia de acontecimientos han provocado que la Unión se encuentre hoy más en falso de lo que lo ha estado nunca.

La solución en este caso consiste en completar el proceso de gobernanza. Tenemos una gobernanza para los tiempos de calma, basada en la regla; pero necesitamos también una gobernanza para los tiempos de crisis que permita tomar iniciativas en periodos excepcionales. En parte, no es sino una cuestión de talante: por ejemplo, aunque no contara con los medios legislativos, el eurogrupo que reúne a los ministros de Hacienda de la zona euro tenía la posibilidad de tomar iniciativas. Pero para eso hace falta un cambio de actitud.

No es, pues, modestia, sino audacia, lo que hay que aconsejar a los parlamentarios que se incorporan al Parlamento Europeo, así como, en breve, a los nuevos comisarios. Audacia. El etiquetado puede esperar, la Historia, no.

Jean Pisani-Ferry es economista y director de Bruegel, un centro de investigación y debate de las políticas económicas europeas. Traducción de Pilar Vázquez.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de junio de 2009