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Editorial:

Un 'premier' en caída libre

Si hace unos meses, cuando la recesión todavía no sacudía a fondo el país, el primer ministro británico coqueteaba con adelantar las elecciones, hoy Gordon Brown probablemente se conforme con llegar políticamente vivo a los comicios que deben celebrarse la primavera próxima. El premier que desembarcara en Downing Street hace dos años para reemplazar a Tony Blair con ideas visionarias es un caso singular de estrella menguante. Salvo un momento de esplendor, en el otoño pasado, cuando sus recetas económicas parecieron ser la medicina que necesitaba el agonizante sistema financiero, el líder laborista nunca ha sido capaz de alcanzar el umbral de lustre necesario para ilusionar a sus compatriotas.

Esa progresiva extinción de Brown se ha acentuado con la pérdida por vez primera de una votación en el Parlamento -pese a lo holgado de su mayoría y frente a un partido menor-, la presentación de un Presupuesto crucificado por todos o los sangrantes despilfarros de Westminster. El resultado es que la oposición conservadora de David Cameron, el hombre que ha conseguido volver a hacer verosímil la idea de un Gobierno tory, mantiene 15 puntos de ventaja en intención de voto. Aunque en el laborismo y en el propio Ejecutivo crece la frustración con un líder que no da la talla, es poco probable que la contestación se organice tanto como para poner en peligro la silla del primer ministro. Las reglas internas del partido hacen muy difícil destronar al jefe.

Los nuevos tories, treinta años después de la victoria electoral de Margaret Thatcher, tienen que acreditarse todavía como alternativa creíble para tiempos de vacas escuálidas. Pero hoy por hoy, el esfíngeo e impopular Brown sólo tiene una esperanza remota de revalidar el cargo: que la recuperación económica y del empleo sean más rápidas de lo previsto en el Reino Unido, y que pueda anotárselo como éxito propio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 14 de mayo de 2009