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Inflación, desinflación, deflación

Es especialmente importante en estos momentos comprender el concepto y significado de cada uno de los movimientos de precios, ya que España, por primera vez en muchas décadas, está teniendo una tasa de inflación negativa.

La inflación es un aumento generalizado de todos los precios de los productos y servicios que se incluyen en la cesta que compone el índice de precios al consumo (IPC). Si no es general, sino que afecta sólo a alguno de ellos, no es inflación. Este aumento general de precios suele producirse bien por una política monetaria laxa y/o por un cambio en las expectativas de las empresas y los trabajadores que, especialmente en las fases expansivas del ciclo, esperan que los precios aumenten y ajustan sus precios y sus salarios al alza.

Los cambios en los precios relativos no tienen nada que ver con la inflación o la deflación

La des-inflación es un descenso generalizado de la tasa de crecimiento de todos los precios de los bienes y servicios de dicha cesta. Tanto la inflación como la des-inflación pueden ser el resultado de cambios en la oferta y demanda de los productos o servicios o de la política monetaria a través de sus decisiones sobre los tipos de interés de intervención, pero lo normal es que los bancos centrales intenten mantener en todo momento la estabilidad de precios evitando que ambas sean excesivas y acercando sus tasas a su objetivo.

La deflación es una tasa de inflación negativa generalizada en todos los bienes y servicios que se prolonga durante varios años. Si no es generalizada y sólo afecta a algunos productos o servicios, no es deflación. Suele producirse por una caída drástica y sostenida de la demanda de bienes y servicios, dado que los consumidores no están dispuestos a comprarlos a los precios existentes, lo que acontece en situaciones de recesión profunda y larga en la que los consumidores prefieren esperar a que los precios caigan en mayor medida, lo que produce una mayor recesión, que a su vez reduce en mayor medida la demanda. Al caer sus ventas, los productores y distribuidores dejan de invertir, y al caer la inversión, la actividad económica deviene todavía más negativa, lo que reduce de nuevo el consumo, con lo que la deflación se agrava entrando en una espiral de la que es muy difícil salir (como también ocurre, en sentido opuesto, en situaciones de hiperinflación).

La espiral deflacionista de la llamada "deuda-deflación" por Irving Fisher en 1933, tras la Gran Depresión, suele llevar a una situación de depresión prolongada de la que es muy difícil salir por medio de la política monetaria, a pesar de que baje los tipos de interés a cero, ya que ésta cada vez tiene un menor efecto a medio plazo sobre la demanda interna, ya que las empresas y familias reaccionan consumiendo lo mínimo, aumentando sus ahorros, manteniéndolos al contado y no tomando préstamos, tal como explicó Keynes en su teoría de la "trampa de la liquidez".

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Como los tipos de interés no pueden caer por debajo de cero (ya que el banco tendría que pagar al que pide un préstamo), pero los precios, los salarios y los beneficios sí pueden ser negativos, la deuda va aumentando mientras que los ingresos van cayendo, lo que hace imposible que empresas y familias hagan frente al pago de sus deudas y terminen quebrando. La morosidad y la falencia de los créditos deviene masiva, los bancos también quiebran, el crédito desaparece, y al final tienen que ser, por un lado el Estado, endeudándose y gastando masivamente en bienes servicios y en crear empleo y salarios, y por el otro, el banco central imprimiendo dinero para poder comprar o sanear bancos y activos financieros, los que deben sacar a la economía de la depresión compensando el desplome del consumo e inversión privadas.

Los cambios en los precios relativos no tienen nada que ver con la inflación o la deflación. Ocurren cuando no existe un aumento o una reducción generalizados de los precios de los bienes y servicios de la cesta del IPC, sino sólo de uno o varios de ellos, lo que puede provocar también un aumento o un decremento del IPC, dependiendo de si sus subidas o bajadas han sido muy fuertes y de si su peso relativo en dicha cesta es elevado. Pero lo lógico es que si, por ejemplo, los precios energéticos suben fuertemente, los consumidores dejen de comprar otros bienes del resto de dicha cesta, compensando su subida y manteniendo la inflación estable.

Aunque, por un lado, pueden provocar un aumento de las expectativas de inflación, ya que son inputs necesarios de otros productos de la cesta y que las empresas y los trabajadores aumenten sus precios y salarios, por el otro, dichos cambios suelen estar asociados a contracciones de su oferta que suelen tener simultáneamente efectos inflacionistas y contractivos en la actividad, provocando una estanflación, es decir, un estancamiento con inflación, como ocurrió en los ejercicios de 1974 y de 1979. En 2008, el IPC llegó a alcanzar el 4% en los meses de junio y julio provocado por un fuerte aumento de los precios del petróleo y de los alimentos que tenía su origen en caídas de oferta y aumentos de demanda globales y no de la demanda interna nacional.

Los precios de los alimentos casi se duplicaron, en parte por la mayor demanda de China e India, y en parte porque su oferta sufrió la pérdida de varias cosechas por problemas climatológicos, porque una parte de dicha oferta se utilizó para producir biocombustibles y porque algunos países exportadores prohibieron exportar para mantener bajos sus precios internos. Los precios del petróleo se duplicaron en pocos meses, en parte por la mayor demanda de los países emergentes, en parte porque parte de su oferta está controlada por un cartel de grandes países exportadores (OPEP), y en parte porque la inversión en nuevos yacimientos, refinerías, transporte y distribución no había previsto tal aumento de la demanda. El peso de todos los alimentos y la energía en el IPC representa el 23%.

Como ambos aumentos aceleraban la recesión, no podían durar mucho y la política monetaria no es adecuada para hacer frente a estos cambios en precios relativos, ya que los bancos centrales no pueden producir petróleo o alimentos. Sin embargo, en el mes de julio de 2008, el Banco Central Europeo subió los tipos sin parecer comprenderlo, ya que, para que el IPC continuase subiendo, al mantenerse el 77% de la cesta sin aumentos o con descensos, los precios energéticos y alimentarios tendrían que volver a duplicarse en 2009, lo que era prácticamente imposible. Lo lógico era que, con la recesión, ambos precios cayeran tanto como habían subido en 2008, como así ha ocurrido, haciendo que hoy la inflación sea muy baja o negativa.

Esto explica que el IPC español sea ahora negativo y que pueda seguir siéndolo unos cuantos meses más, porque fue muy elevado en los mismos meses de 2008. Es decir, al comparar un mes con un IPC muy alto del año anterior con otro bajo de este año, por la recesión, la tasa de inflación tiene que ser negativa, ya que es el resultado del efecto estadístico derivado de su base comparativa y, por tanto, no tiene nada que ver con una deflación. Es más, con una recesión de alrededor del -3%, la inflación podría llegar a ser cero o negativa en el conjunto del año 2009, sin que por ello exista una verdadera deflación.

Guillermo de la Dehesa es presidente del Centre for Economic Policy Research (CEPR).

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