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Muere el holandés que atentó contra la familia real

Karst Tates, de 38 años, había perdido su casa y su empleo como guarda jurado

Parece casi una frase de novela negra, pero lo primero, y lo último, que millones de holandeses han podido ver de Karst Tates, el compatriota de 38 años que el pasado jueves se lanzó al volante de su coche contra la familia real, fue su rostro ensangrentado y sin expresión. Fallecido ayer de sus heridas sin haber explicado las razones de un asalto que suma ya otros seis muertos -el último, un policía militar que iba de paisano- los detalles sobre su vida empiezan a emerger. Y lo que componen es el retrato de un hombre en horas bajas, recién despedido de la empresa de seguridad donde trabajaba y sin techo. Vivía de alquiler, y el mismo Día de la Reina, la fiesta nacional en la que arrolló a los parroquianos que contemplaban el desfile en la ciudad de Apeldoorn, llegaba un nuevo inquilino a su piso.

Hasta el momento hay seis víctimas mortales en el ataque

De momento, las fichas de su rompecabezas vital parecen anodinas de tan discretas. No se le conoce familia, aunque un vecino cree recordar que tuvo hijos con una pareja. Se comenta que su padre era un funcionario municipal. Que él estudiaba de día y trabajaba por la noche. Pero ni los clientes del café que frecuentaba recuerdan algún detalle revelador. "Era un hombre tranquilo con las patillas bien rasuradas", es lo más íntimo que se ha podido saber.

Sin embargo, su última carrera hacia la nada puede haber cambiado para siempre la seña de identidad más querida de los holandeses. Es el convencimiento, algo ingenuo tal vez, de que en su tierra hasta la reina Beatriz podía compartir una fiesta en la calle sin temer por su seguridad. A tenor de los comentarios efectuados desde el jueves por políticos nacionales y autoridades locales, la imagen de los primeros ministros holandeses tomándose un arenque frente al Parlamento, en La Haya, o la de sus ministros yendo en bici al despacho, ya no tranquiliza. De golpe, tampoco sirve para acercar a los poderosos al resto de la población. Cuando todo el país vio una decena de cuerpos ensangrentados embestidos por el coche de Tates, se quebró otra de las reservas de inocencia de la tierra del consenso y la tolerancia.

"La soberana y los príncipes herederos, Willem Alexander y Máxima, acudirán el 4 de mayo a la plaza del Dam, en Amsterdam, al Día de los Caídos en la II Guerra Mundial. El programa se mantiene intacto. Desde luego que las medidas de seguridad serán analizadas a fondo", aseguraban ayer en el Servicio de Información del Estado. La cita del próximo lunes es la otra salida señalada de la casa real holandesa, los Orange, que unifica a la ciudadanía en el recuerdo a sus muertos. "Arrollar así con el auto a la gente ha sido una locura aislada, pero está claro que la seguridad en torno a la familia real es cada vez más relevante. Espero que no vayamos a perder una fiesta única por el error de un exaltado", ha dicho Michiel Zonnevylle, presidente de la Federación de Asociaciones de los Orange.

Poco antes del asalto de Tates, el propio Zonnevylle preguntaba si no era tiempo de reducir el número de parientes que acompañaban a Beatriz de Holanda. "Las medidas de protección son hoy distintas, y más costosas, que en los años ochenta. Y la familia real suma 45 miembros de tres generaciones, cuando los más importantes son sus hijos y nietos", dijo. Desde todo el arco político se oyeron comentarios similares.

"En democracia, incluso en una dictadura, es ilusorio pensar que la seguridad está garantizada", afirmó Alexander Pechtold, líder de los liberales de izquierda. "En Estados Unidos taponan las calles con bloques de cemento, y no sólo con vallas metálicas, para actos de esta clase. Hay diferencia, pero no me quiero anticipar a las pesquisas", remachó Joël Voordewind, del partido calvinista.

A la espera del resultado de las investigaciones, la atención se concentra en los heridos. Dos de los ocho que siguen hospitalizados son niños. Una mujer se encontraba en estado crítico.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de mayo de 2009