Columna
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La ocasión perdida

Ha bastado que apareciera la filtración de los nuevos cambios de Gobierno para que la semana más internacional de la política española fuera sepultada bajo el irresistible peso de nuestra política local. Sin apenas solución de continuidad, la atención mediática del momento, que al fin conseguía proyectarse sobre algo más que las habituales disputas internas, pasó a sumergirse de nuevo en la política doméstica. Lo mismo hubiera ocurrido de no haber habido filtración, era cuestión de un par de días.

En general, la política exterior se amortiza pronto. Sólo parece cobrar sentido si sirve para ganar o perder enteros en la política interna, y casi ni siquiera para eso. Imagino el complejo de Sísifo que debió abrumar a quienes tanto tiempo y esfuerzo habían dedicado a conseguir potenciar nuestro papel internacional. Las interesantes deliberaciones del G-20, la reorganización de la OTAN, la primera entrevista cara a cara entre el presidente del Gobierno español y un presidente estadounidense en cinco años, la cumbre de la Alianza de Civilizaciones..., todo se desvaneció en el aire ante el morbo de la crisis de Gobierno. Visto desde fuera, hubiera que haber mantenido la tensión de obligarnos a mirar la política con ojos más cosmopolitas, haber proseguido en la ya iniciada senda de discutir -¡al fin!- sobre todo aquello que se escapa a nuestro control político directo, pero que aun así nos condiciona en nuestra vida cotidiana. ¡Qué ocasión perdida para socializarnos en las nuevas claves globales de la sociedad actual! En ese sentido, el momento elegido para el cambio no ha sido el más idóneo.

Era obvio que la oposición aprovecharía la renovación del Gobierno para discutir su éxito internacional

Era obvio, además, que la oposición política y mediática a Zapatero aprovecharía cualquier paso en la dirección de una renovación del Gobierno para subvertir el indiscutible éxito de su periplo internacional. Sus aciertos en esa esfera se diluyen ahora en el silencio o se compensan negativamente confrontándolos a una supuesta elección errónea de tal o cual ministro. Ya se sabe, la descalificación apresurada a la que somos tan aficionados. Esta vez, al presidente del Gobierno le ha fallado su habitual control de los tempos. Debería haber esperado a que los medios se empaparan de su nuevo talante internacional para poder extraer de él todos sus beneficios políticos.

Es muy posible, sin embargo, que el presidente fuera consciente de que ningún líder político vive sólo a expensas de su imagen internacional; que la política es parroquial y obliga a volcarse siempre en lo doméstico; que, como se ha visto, al final cualquier líder, y más aún, en época de crisis, tiene que responder ante su propio demos. De ahí también la falta de convicción con que, en general, se abordan las cuestiones de la gobernanza global. A pesar de que ya nadie duda de que sólo a través de una acción concertada saldremos de esta crisis, el incentivo que mueve a todos los gobernantes se mide por la forma en la que su acción exterior repercute después en la política interna. Pero esa repercusión positiva interna Zapatero ya casi la había conseguido. ¿Por qué disolverla después tan pronto con un gesto tan radical de política interior? Se hubiera entendido si, en la propia reorganización del Gobierno, se hubiera potenciado la política europea e internacional. Hoy es evidente que no basta con los órganos específicamente encargados de la "política exterior" para mantener nuestro engarce a un mundo cada vez más interdependiente. Toda la burocracia interna del Estado debe sintonizarse ya hacia los foros regionales e internacionales, más aún en la UE. Ya no tiene sentido una rígida separación entre política exterior y política interna. ¿Por qué no haber creado un órgano de coordinación de política europea e internacional en la misma línea de la Vicepresidencia de Coordinación Territorial, que es un acierto en un país de federalismo imperfecto como el nuestro? Y eso debería afectar también al necesario relevo del Ministerio de Hacienda.

Pues quizá porque el localismo de la política, a la vista está, reclama otras prioridades. Después de todo, a casi nadie interesa la política internacional. Da igual que retóricamente reconozcamos nuestro ya ineludible estatus de sociedad planetaria, al final la política se sigue guiando por los inevitables y tan familiares tics de nuestras disputas intratribales. ¿Cree alguien en serio que las elecciones europeas se dirimirán en clave de política europea? Esta persistencia de lo local en momentos de la sociedad global es una de las grandes paradojas del tiempo en que vivimos. Política de ensoñaciones planetarias y anclajes parroquiales, demasiado parroquiales.

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