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Crítica:ARTE | Exposiciones

Entre el discurso y la acción

Nacida en 1963 y con una proyección pública, nacional e internacional, asentada desde la segunda mitad de la década de 1990, esta amplia y ambiciosa exposición de Eulalia Valldosera, con algo de retrospectiva, pues se articula en buena parte a partir de los cuadernos de notas que han sido y son básicos para esta artista catalana, que no cabe propiamente clasificarla como conceptual, pero que lucha denodadamente contra la congelación objetual de su trabajo, es un buen ejemplo de la orientación que la actual dirección del MNCARS pretende establecer para la institución oficial de arte contemporáneo más relevante de nuestro país. En este sentido, aunque Valldosera se halla aún en curso del inicio de la madurez, la contundente apuesta que ha hecho el MNCARS por dar a conocer, en las mejores condiciones, su trayectoria, no sólo me parece, en efecto, aleccionadora, sino loable. Con el título genérico de Dependencias y contando con el comisariado de Nuria Enguita y, desde luego, el esfuerzo desplegado al respecto por la propia artista, que salta a la vista ha sido formidable, esta muestra reúne obra realizada entre 1990 y 2009, aunque haga hincapié en instalaciones recientes.

Eulalia Valldosera

Dependencias

Museo Nacional Reina Sofía

Santa Isabel, 52. Madrid. Hasta el 20 de abril

www.museoreinasofia.es

Aunque el registro productivo multimedia de Valldosera es versátil y complejo, destacando sus videoinstalaciones, donde además el espectador no sólo se zambulle, sino que es constantemente requerido a interactuar, parece como si esta artista se sintiese permanentemente incómoda con cualquier forma de materialización-coagulación de su trabajo, quizás porque no es consciente de lo que Boris Groys sagazmente advirtió sobre los artistas conceptuales primigenios, que, en vez de reventar o transgredir los límites del cada vez más pujante mercado de arte actual, como era su intención, convirtieron impremeditadamente su discurso en una mercancía. De esta manera, la obra de Valldosera es dramáticamente procesual y se rehace al ritmo vital de su autora, la cual, por otra parte, siguiendo este mismo impulso desmaterializador, ha explorado con acierto no pocas estrategias de representación o teatralización de sus acciones. Desde mi punto de vista, quizá llevada por esta ansiedad, Valldosera sobrevalora su discurso conceptual, que pocas veces está a la misma altura que el de sus realizaciones, pues éstas hacen pensar más y mejor que aquél, tan bienintencionado como banal, o, mejor, banal por bienintencionado. ¿Cómo se puede estar en desacuerdo con la introspección intimista, el costumbrismo o el moralismo burgueses, sobre todo, cuando se nos presentan con ese eco rancio del cristianismo secularizado que es el victimismo, clave de bóveda del nuevo catecismo social de lo políticamente correcto? Y es que el pensamiento es algo bien diferente que la ideología; en realidad, el primero surge para quebrar la paralizante carcasa de la segunda, mera estereotipación. Paradójicamente, Valldosera capta mucho más poderosamente la atención del activado espectador con sus instalaciones y sus imágenes cinemáticas que con su discurso escrito y una buena parte de su coda simbólica, que es muy tópica. Quizá para paliar este desajuste, la comisaria de la muestra hace en la presentación unas afirmaciones inexactas o muy matizables, como sugerir que, cuando inicia su trayectoria más firme y fecunda Valldosera a comienzos de 1990, el contexto artístico español dominante era la pintura en correspondencia con las corrientes internacionales, como la transvanguardia italiana o el neoexpresionismo alemán, ya por entonces, si no desaparecidos, totalmente desprestigiados, cuando, por ejemplo, en nuestro país, a lo largo de la década de 1980 y, de forma muy palmaria, hacia su ecuador, exponían regularmente su pujante obra Juan Muñoz, Cristina Iglesias, Susana Solano, Txomin Badiola, Pello Irazu, Ángel Bados, Perejaume, Pepe Espaliú, etcétera. Tampoco se puede afirmar tajantemente que, a quince años de la muerte del dictador y tras ocho años de Gobierno socialista, España estaba poco menos que empezando a salir de la caverna, por muy relativo que este tipo de juicio pueda ser.

En cualquier caso, si hago estas precisiones, insisto, es porque Eulalia Valldosera me parece una artista mucho más interesante de lo que ella misma se piensa o se imagina, aunque, mientras lo sea, como lo ha sido y lo es durante estos últimos quince años, tampoco me parece una grave contingencia. Por otra parte, lo que ha mirado, siempre de forma inteligente y creativa, sobre sus colegas contemporáneos, como Magritte, Bacon o Boltanski, por sólo citar a los "clásicos", acredita su coherente ojo crítico visual.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 4 de abril de 2009