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COLUMNA

Menudo morro

Si es cierto que la crisis está dando carpetazo a la época del gran cinismo, los críticos de televisión debieran dar por zanjada aquella simpática teoría según la cual los directivos de la tele, en aras de la libertad de expresión, no tenían por qué someterse a ningún tipo de juicio moral. Los jefes de la tele se inventaron aquello de que el único responsable es el espectador, y nos lo hicieron creer.

La audiencia, al parecer, exigía que la televisión se llenara de frikies, horteras, famosetes de quinta y famosos acabados que vendían una intimidad penosa. Ahora que esta baza ya no es tan rentable, la audiencia, ese ente morboso al que tienen que obedecer los sufridos directivos, está hambrienta de sangre. Ya no es tan importante haberte acostado con un futbolista como haberte acostado con el asesino de una pobre muchacha. Dándote una vuelta por la programación un solo día puedes concluir que vives en un país habitado por estafadores, violadores, asesinos y camellos. La mejor manera de contrarrestar el miedo es pasear y observar que el prójimo es, o al menos se comporta, como si fuera honrado.

Yo fui parte de esa audiencia que vio el lamentable espectáculo que en torno a Jesús Neira se dio la otra noche en la tele. Por desgracia, como soy tan humana como cualquiera, a veces conecto la tele y la basura me hipnotiza. Un hedor a justicia del populacho y aprovechamiento de los políticos emanaba de todo lo que allí se veía. En pro de la defensa de la mujer, tanto el público como algún invitado se permitieron el lujo de ejercer la violencia verbal contra una señora que no debe de andar muy bien de la cabeza, la tristemente célebre Violeta Santander. Paradojas. Pero el responsable no es el directivo, ni el público vociferante, ni algún contertulio chulesco. Los responsables somos usted y yo por no apagar la tele. Menudo morro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 18 de marzo de 2009